Escrito por 09:53 Otras temáticas

Un nuevo comienzo

Empezó el 2026 y me encuentro con esta situación: tengo que buscar trabajo. Soy profesora de Letras, me recibí en el 2015 en la Facultad de Humanidades de La Plata. Por aquellos tiempos – hace once, doce años- todavía llevaba conmigo la ilusión de la docencia y la famosa vocación, concepto que solemos asociar con todo lo que sea un trabajo social, para otros, para la Patria.

Por Cami Grippo

Hoy, con el paso del tiempo y el acrecentamiento de la crisis económica, político y social de nuestro país, de la región y del mundo, la chispa se fue apagando. También la pandemia hizo lo suyo, con las clases virtuales escuetas, el nulo acercamiento físico y el aislamiento.

Conservo todavía algunas horas en el nivel secundario, donde “enseñó” – comparto, transmito, socializo- Literatura para los cursos más grandes. Además, desde hace cinco años trabajo para el Estado provincial, en un proyecto de educación ambiental, junto a colegas de otras disciplinas. Y, hace un tiempo, empecé a realizar trabajos de corrección y edición literaria. Esto me llevó a replantearme el trabajo, la idea del trabajo.

El año pasado leí el último ensayo de Tamara Tenembaum, Un millón de cuartos propios (2025) donde la escritora realiza una relectura/traducción del famoso libro de Virgina Woolf, Un cuarto propio (1929). Ella analiza este libro de Woolf para pensar el presente en torno a las concepciones del dinero, el trabajo, la tradición literaria y la vida de las mujeres profesionales y trabajadoras. Me interesa detenerme en algunas ideas que plasma sobre el dinero y el trabajo, que vienen a colación de esto que estoy escribiendo.

El desgaste a nivel país en términos económicos y de calidad de vida es evidente e innegable. Cada vez cuesta más llegar “bien” a fin de mes, cada vez hay que tener más trabajos que horadan el cuerpo y nos dejan exhaustos. Hay un sistema que nos esclaviza y nos maneja a su antojo. Lo llamativo es que está exacerbado y no disminuye. Lo explica Tamara en su libro: habla de la economización de la vida, de cómo vivimos pensando en el dinero, en ganar más y rápido para poder consumir. Dice que terminamos calculando y midiendo, como lobos de Wall Street, dispuestos a no perder – o perder lo menos posible-.

“Hay una lógica de mercado que nos inunda”. También manifiesta el cambio de humor y de ánimo que te puede generar el tener un ingreso fijo acorde, que no se trata solo de tener dinero, sino de “poder usarlo con libertad”. Y acá está lo interesante: ¿hasta qué punto podemos usar nuestro dinero con libertad? Sí, podemos hacerlo cuando nos vamos de viaje, si logramos elegir unas zapatillas o tenemos la dicha de ir a cenar afuera. Pero estas opciones se vienen recortando, al menos para los trabajadores y trabajadoras de a pie. Estamos atados a la lógica mercantil (pensando en ingresos de clase media, estoy hablando de la situación clasemediera casi exclusivamente, y es donde se detiene Tamara también).

En el libro Tamara analiza la relación entre las mujeres y el dinero, interesante para pensar cómo hemos sido poco, o nada, educadas en temas financieros (algunas sí lo han sido o se han dedicado a la economía, pero acá nos basamos en términos generales). Aprender de finanzas y economía, gestionar, planificar significa más libertad. Muchos aún hoy ven con malos ojos el hablar del dinero. Hay quienes se ofenden si les preguntas cuánto cobran, pero eso no quita que siga rigiendo nuestras vidas y, silenciarlo, solo nos deja más solas.

Con esta última tesis me identifico: en los últimos tiempos – y en gran parte gracias a mi compañero varón – estuve aprendiendo de finanzas. Me doy cuenta que estoy atrasada por lo menos diez años y que el mundo del 2015, es decir cuando me recibí, no es el de hoy. Me resistí mucho tiempo a esto porque no me lo enseñaron, porque me interesa la vida del arte y las letras más que la economía. Pero me atraviesa, como a todos y todas, y entiendo que saber estas cosas no solo me dan conocimiento sino también libertad.

Me encontré, entonces, con que la profesión que tanto amé – la docencia- y mi disciplina – la Literatura – no son tan rentables, al menos en los términos utópicos de la vocación. Ya lo sabía: no pensé en ser rica siendo docente y menos en relación a la Literatura. No estudié por eso. Pero sí me di cuenta que si sigo romantizando la profesión y si sigo negándome a entender las reglas de este mundo, me voy a empobrecer más. Y ya puedo verlo: desde el 2010 hasta el 2019 viajé mucho, solo siendo docente, es decir, trabajando con horas de clase. Conocí varios países y pude hacer viajes largos. Hoy no lo puedo hacer, al menos no solo con la docencia. Y entendí que esto no va a cambiar, no a la brevedad. Que los sueldos no aumentan, que el costo de vida es mayor y con las políticas neoliberales actuales menos que menos. Entonces, empecé a bucear otras aguas.

Ahora me encuentro con un nuevo mundo del trabajo: el trabajo remoto. Desde mi casa o desde la oficina pude empezar a trabajar en corrección literaria y editorial y ejercer mi profesión desde otro ángulo. Menos social, menos romantizada. Ejecutar, entregar, hacer. Pude plasmar mi propio valor – monetizar mi trabajo – y negociar con los contratantes. Siento que empecé a trabajar para el mercado. Con la docencia trabajo para los y las adolescentes, para el sistema educativo argentino y para el mundo ideal que todavía creo posible. Esto es otra cosa. Es jugar con las leyes de la época actual, sin renegar y sin “venderme” del todo, pero tampoco quedando al final de la fila.

Encontré obstáculos: los trabajos son intermitentes y hay que iniciar una búsqueda activa para no quedar afuera. Empezaron a nombrarme plataformas donde podía aplicar para ciertos laburos. Se me abrió, entonces, un mundo desconocido y muy inquietante: tengo que venderme. Y no sirve venderse diciendo que sos docente o escritora, tengo que usar términos en inglés: writing editor, creative producer, product editorial strategist, etc. Ya no importa dónde trabajé o por cuánto tiempo sino qué habilidades tengo y qué servicios puedo ofrecer.

Me siento una cipaya, sí, aunque suene tonto. Dejo un poco atrás mis ideales de revolución freiriana para meterme en esta carnicería. Me pongo a pensar: ¿para qué quiero plata? Para arreglar mi casa, para cargarle nafta al auto y moverme, para viajar con mis amigas, para comprarme cosas ricas, para renovar las zapatillas. ¿Está mal? No. Porque sé que no es lo único que hago, no finjo demencia y sigo, vivo pendiente de la coyuntura y de las injusticias de este mundo, y ya ejerzo profesiones absolutamente sociales y desinteresadas. Entonces, dejó la culpa neurótica atrás y sigo. No creo estar viva para ver cómo un docente deja de estar bajo la línea de pobreza y cómo dejamos de ensalzar a los millonarios (parte de la filosofía y de analizar la realidad es ser realista, no así pesimista, aunque se parezcan). Entonces, sigo.

Tamara dedica un capítulo entero a la idea del trabajo. Realiza una historización de cómo nos vinculamos con él. Antes decíamos “el trabajo dignifica”, nos daba estatus, nos posicionaba socialmente en un colectivo. Hoy, lo tomamos como un medio para ganar dinero y consumir. “El placer está absolutamente ligado a la idea de consumir”. La vocación ha sido reemplazada – vuelve la culpa neurótica-. Tamara lo dice claramente: “La idea de participar de algo más grande que uno mismo, como un proyecto colectivo, ha quedado relegada a trabajos sacrificiales como la medicina, la docencia o el servicio social”. Trabajos sacrificiales. Sacrificio. ¿Quién quiere sacrificarse? ¿Es justo? ¿Por cuánto tiempo? Tuve este pensamiento alguna vez: ya me sacrifiqué bastante por la educación y siguen eligiendo políticos horrendos que no piensan ni en los médicos ni en los docentes y mucho menos en el servicio social. Esta es mi justificación para decir que estoy entrando en el mundo mercantil y que me alejo de la vocación. Tamara introduce otra idea: si todos están haciendo plata fácil y rápido, ¿por qué yo no? “Queremos trabajar menos que trabajar bien”. Yo no. Yo sé que tengo que trabajar más para vivir bien, pero tampoco quiero ser un experimento sacrificial mientras otros se llenan los bolsillos con guantes blancos.

Por suerte, la tesis culmina con ciertas ideas esperanzadoras – qué traidora puede ser la esperanza-: “Pensar en el trabajo como motor para construir identidades, para formar parte de un proyecto colectivo, un lugar tuyo donde puedas ser útil”. Esto lo tengo saldado con la docencia. Habla de volver a lo artesanal, el trabajo artístico o creativo como motor. Pone de ejemplo a la docencia nuevamente. Dice que es un claro ejemplo de trabajo que no te retribuye económicamente pero sí en cuanto a reconocimiento, un trabajo precarizado que te da valor personal y social.

Todo muy lindo con esta idea, la banco y la comparto. Pero con el valor no comemos ni vivimos. Entonces, mantengo un poco mi trabajo social pero a la vez empiezo a coquetear con el mundo mercantil. Es un poco y un poco, creo. Sin embargo, se me figura un ejemplo de trabajo comunitario, de construcción de colectivos, de creatividad: mis amigos abrieron un bar hace unos años y hoy en día han crecido, no son “solo un bar”. Hay encuentro político y social, hay ranchada, hay debate. Y, aparte, le dan laburo a muchas personas, a muchos amigos y amigas. No estamos tan solos y solas cuando pienso en este proyecto. O cuando durante la pandemia trabajé en un proyecto de bachillerato popular. Sí, sigue habiendo esperanza.

Como dije antes, no estudiamos profesorados para llenarnos de guita, no lo hacemos por el rédito económico, en principio, pero tampoco podemos seguir aceptando migajas mientras el mundo avanza y nos atropellan a mansalva. Hay que ponerse creativos, hay que buscar, innovar – ¿acaso la vida no es una búsqueda constante, de algo, de no sé qué?-. Si no probamos cosas nuevas, si no seguimos aprendiendo, nuestra vida se puede volver muy precaria, y no solo en términos económicos. Coincido fuertemente con Tamara en algo: volvamos al trabajo colectivo, comunitario. Volvamos a mirarnos a la cara. Emprendamos proyectos en conjunto, aunque salgan mal. Indaguemos otros espacios y tiempos. Estamos acá y tenemos el mundo.

Visited 48 times, 5 visit(s) today
Close Search Window
Cerrar