Siempre viví rodeada de plantas, grandes, pequeñas, con flores, con espinas, con colores y muchas formas. Mi abuela tenía un vivero y, aunque vivíamos en un departamento, mi mamá se la ingenió para tener una maceta en cada rincón.

Hoy sigo esa «tradición» a mi manera, un poco también para conectar con esa naturaleza que falta entre tanto cemento. No solo me gusta cuidarlas en macetas sino también son parte de mi medicina, cosmética y sahumos, té. Rituales que voy aprendiendo junto a mis compañeras.

Charlando con una amiga no hace mucho me dijo que había visto uno de esos «hilos de Twitter» con los nombres machistas de las plantas. Y sí, no podemos evitar mirar violeta todo. Ese terreno que la cultura patriarcal había ganado mediante la naturalización, nosotres lo cuestionamos y vamos a seguir cuestionando hasta transformarlo todo.

Costilla de Adán, Lengua de suegra, Mala madre… Uf! Ahí estaban. En el jardín de mi abuela, en la maceta de casa, esos nombres «populares», reforzando estereotipos, ideas arcaicas, todo eso que ya no más.

Pero como siempre, esa otra historia que es menos conocida, me llegó del sur. De otra amiga, brujita sabia, que me contó de una médica y escritora, Adriana Marcus, que escribió un libro sobre el origen del nombre de otras flores como Melisa, Rosa, Margarita, para revalorizar sus historias.

Y ahí la indignación se transforma en potencia, esa que te nace desde adentro cuando ves que estamos conectades. Que estamos escribiendo otra historia. Plantando nuevos sentidos, esas semillas

-que florecerán rebeldía-