Escrito por 16:28 Territorio

¿Cree usted en Dios? El documental que va más allá de un crimen

Por Belén Nieto para Otro Viento

Después de nueve años de publicada “Zama” su última película, la directora Lucrecia Martel vuelve a poner en juego su perspectiva en “Nuestra tierra”, esta vez en formato documental largo, son 123 minutos de película. La misma fue desarrollada entre los años 2011 y 2025, en los cuales Martel se comprometió profundamente con la vida de la comunidad indígena a la cual continúa vinculada

La historia comienza relatando el juicio por el asesinato de Javier Chocobar, referente de la comunidad Chuchagasta en la provincia de Tucumán, a manos del terrateniente Darío Amin y sus dos escoltas, Humberto Gómez y José Valdivieso, quienes cumplen prisión efectiva habiendo sido condenados en diferente medida por el hecho. Excepto Darío Amin, el ejecutor del balazo, quien falleció en el 2021 por covid-19.

El documental comienza con un plano general de la tierra que va desde la visión de un satélite, hasta un dron que permite visualizar el terreno en disputa y se adentrará hasta conocer en profundidad la vida de los integrantes de la comunidad tucumana. Esta primera escena te atrapa, quedando inmóvil por unos minutos mientras se oye la canción “Misa Criolla”, interpretada por Meceres Sosa. Una vez escuché a alguien decir que si la tierra hablara, si tendría voz, si cantara, seria ni mas ni menos que la voz de la negra Sosa. Y creo que tiene razón.

Luego, inmediatamente de las imágenes de las verdes montañas colmadas de vegetación, se nos presentan los principales personajes que formarán parte de esta historia con imágenes del juicio que se llevó a cabo finalmente en el año 2018, nueve años después de que se perpetrara el asesinato, significativamente un doce de octubre. El crimen quedó grabado en una cámara que llevaba el mismísimo Amin, cuando fueron a enfrentar con sus argumentos inventados por el capitalismo a los integrantes de la comunidad.

Ese video que circuló por internet, fue la pieza fundamental para enjuiciar a los responsables del asesinato y de las graves heridas de bala que sufrieron Andrés y Emilio Mamani, también integrantes de la comunidad Chuchagasta. Y además fue la punta de lanza para revelar y dar a conocer abiertamente la trama de un histórico sometimiento del pueblo originario a los terratenientes.

En el transcurso de la película, vamos a ver la reconstrucción de los hechos y cómo la defensa intenta desestimar el material grabado. También cómo los acusados intentan revertir su situación, con la misma violencia que ejercieron el asesinato. Vamos a escuchar a alguien concluir en que si realmente Amin hubiera tenido la intención de dialogar, hubiera llevado de acompañantes a un agrimensor y a algún experto en tierras y no a dos ex miembros de fuerzas especiales de seguridad retirados, que nada tenían que ver con el asunto y que tampoco hubieran ido armados.

La película no es sólo una compilación de material de archivo del juicio, sino que además compone un registro poético emocional y pone en valor el archivo en papel. La cantidad de fotos que conservan los integrantes de la comunidad tras décadas y décadas anteriores en las que ya habitaban esos suelos, se vuelven fundamentales para entender parte de la historia de la población, su arraigo, la necesidad de algunos de abandonar el lugar en busca de empleo y las experiencias de muchos de ellos y ellas en Buenos Aires, viviendo los hombres de sus oficios y las mujeres que en su mayoría se iban a trabajar a casas de familia.

Alguna frase que resuena de parte de un representante de la comunidad es que ellos ya no pueden asistir al diálogo, porque dialogar implica ceder algo y ese algo siempre es ceder la tierra. Haciendo referencia a que a la comunidad cuando se ve invadida por el hombre blanco, sólo le queda la opción de tomar una actitud defensiva.

Vamos a escuchar también en la película como los acusados del crimen, hablan despectivamente en el juicio sobre el trabajo diciendo que la gente de la comunidad no quería trabajar en la mina, que ellos le habían ofrecido buenos salarios y que preferían seguir “cobrando un plan”. Cabe aclarar que los terrenos en disputa fueron expropiados por el Estado nacional en el año 1973, con el objetivo de ser devueltos a la comunidad Diaguita (de la que forman parte los Chuschagasta), por lo cual no hubiera sido posible su venta.

Por otra parte la comunidad también cuenta con una personería jurídica otorgada en los años 2000. Es en este sentido que la película pone en evidencia como el propio Estado argentino, en muchas oportunidades y cuando se trata de negocios, sigue haciendo prevalecer el papeleo de los colonos por sobre la historia de su propio pueblo.

El film de Lucrecia Martel recoge también testimonios que desmitifican los prejuicios que el blanco quiere imponer sobre la vida indigena. Por ejemplo, respecto de que no son educados. Ante una pregunta omnisciente sobre por qué no es sencillo conservar la historia de los indígenas a través de la educación pública, vemos y escuchamos a un docente de la comunidad que explica que ellos deben atenerse y dar en la escuela los contenidos que se establecen desde el Ministerio, pero que lo importante en esta época es que los jóvenes están terminando el secundario.

Por otra parte, también se dedica a contar y a mostrar el trabajo de los comuneros, alimentando y cuidando a los animales o yendo a cortar caña de azúcar. Además de problematizar y poner en tela de juicio el típico pensamiento de que todos los argentinos bajamos de los barcos. Los integrantes de la comunidad sostienen y demuestran que ellos vienen de sus abuelos y bisabuelos que ya nacieron ahí.

Además del trabajo y la educación, la película pone en debate la religión. El pueblo de Chuchagasta es cristiano, sin embargo hay una escena en la que se les muestra a un grupo de ellos un video en el cual un cura explicaba una pintura en donde se veía a un santo, intentando “exterminar” (según la interpretación religiosa blanca europeísta) a un grupo de hombres en cueros y taparrabos, echándoles unos rayos por considerarlos salvajes y violentos. Entonces, la reflexión que ellos hacen de esta perspectiva es que según el blanco, el mismo Dios al que ellos le rezan, sería el que quisiera exterminarlos, lo cual sería ilógico

¿Jura usted por Dios? Es la pregunta que se les repite incesantemente durante el juicio tanto los responsables, como a las víctimas del hecho ¿estará Dios viendo todo esto? Pregunta una voz en off sobre el final.

“Nuestra tierra” no es sólo un título que busca problematizar el tema de la propiedad, sino que quiere indagar sobre quiénes somos nosotros los y las argentinos y argentinas, en tanto a la composición de nuestra idiosincrasia. Así mismo Lucrecia Martel ha declarado en entrevistas, que no está de acuerdo con considerar a un pueblo desde su identidad, ya que ésta a es una construcción que fue bien intencionada pero que se volvió peligrosa, según ella: “El racismo es crear una identidad en el otro que me permita abusar de su tiempo, y usurpar su espacio. Debe existir algo mejor para pensar en las personas.”Así como el racismo está inmiscuido en la historia oficial nacional, sigue vigente hasta nuestros tiempos, muchas veces por falta de responsabilidad de quienes escriben esa historia, que suelen ser también parte de los que la ganan.

Durante el juicio, alguien en la defensa de Amin, Gómez y Valdivieso, dirá a la querella y, a los presentes en el juicio oral y público, que la comunidad Chuchagasta se había extinguido, según el relato de un historiador en el año 1807, mientras el recinto judicial estaba lleno de descendientes de esos mismos Chuchagastas en la actualidad. Consultado ese autor por parte de los documentalistas (no de la parte judicial), éste no tenía idea de lo que él mismo había escrito. Y va a terminar su declaración ante las cámaras con una cita de un diálogo de una película que dice: “- ¿qué es la verdad? – ¡La verdad es mentira!”.

Así mismo otra historiadora es consultada respecto de la existencia o no de los Chuchagastas y aunque ésta no niega la existencia de los mismos en las tierras tucumanas, los cataloga como si históricamente hubiesen sido comunidades violentas, coincidiendo con la versión religiosa europeísta. Tanto las imágenes del hoy, como las de archivo y los mansos relatos de los comuneros a lo largo de las dos horas de película demostrarían lo contrario.

El documental muestra la vida de un grupo social que ha sido históricamente estigmatizado y negado de su existencia. Sin embargo en la película podemos verlos en su cotidianeidad, yendo a trabajar, reunidos en familia y en guitarreadas. También los veremos en su propia tierra observando este documental sobre ellos y ellas mismas. Tal vez puedan imaginar bellas repercusiones, tal vez puedan imaginar que el mundo entero verá este documental y podrán salir alguna vez de la situación de conflicto.

Sobre el acervo de la directora

Hasta acá, Lucrecia Martel era una directora de ficción. Sus tres primeras películas “La ciénaga” (2001), “La niña santa” (2004) y “La mujer sin cabeza” (2008) son parte del acervo histórico para la posteridad del cine nacional. “Zama” (2017) basada en la novela de Antonio Di Benedetto, fue su primera ficción dramática histórica colonial. Fue seleccionada por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas para representar a la Argentina en los premios Oscars como mejor película de habla no inglesa.

Con su ritmo determinado y diálogos cortos y claros es una directora que en casi todas sus producciones ahonda en la argentinidad, destacando sus virtudes pero también en la degradación. En el caso de “Nuestra Tierra” también hizo parte del guión con María Alché, actriz protagonista de “La niña santa”.

En “Nuestra tierra” Lucrecia Martel realiza un documental en largometraje para cine. Antes había hecho quince documentales cortos y tres programas de televisión, siempre como directora y en pocos casos como guionista también.

Siendo ella oriunda del norte de nuestro país, se interesa en la historia de los Chuchgastas, movilizada por la brutalidad del crimen. Habiendo tenido contacto con el video que circulaba en internet en el año 2010, comienza a acercarse a la comunidad al año siguiente y pasan casi quince años hasta que se publica “Nuestra tierra” que actualmente se puede ver en salas comerciales, no comerciales y circula por festivales. Lucrecia manifiesta que el film se mantendrá disponible para reproducir en colegios, universidades y para organizaciones sociales sin ningún tipo de restricción.

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