Por Cami Grippo
El trabajo ocupa no sólo gran parte de nuestro día sino que constituye parte de nuestra identidad, de lo que somos, y nos permite una vida que podrá ser más o menos digna según cuánto trabajemos, cuánto dinero percibamos, en qué condiciones y contexto particular. A su vez, puede darnos cierto prestigio o reconocimiento social, y hay quienes aún creen en el mito de la vocación. Hoy, para una vida más o menos digna no alcanzan estos condimentos. El mundo que atravesamos se nos vuelve caótico, lleno de crisis y de un costo de vida que aumenta.
Hace un tiempo que vengo charlando con mis colegas docentes sobre nuestra vida cotidiana durante estos dos últimos años. Por eso quise sistematizar, recoger las voces —algunas voces— de ellxs, que trabajan en escuelas públicas de gestión estatal y privada, en La Plata. Es un sesgo, un recorte. Quizás estas pequeñas historias generen resonancia, identificación o sensibilidad. Es un intento de acercar y conocer estas vidas docentes que son las de muchxs y entender cómo se vive la crisis del trabajo hoy, y también el cambio a través del tiempo de nuestra profesión y las formas de vivirla.
En estas conversaciones cotidianas me encontré con algunas situaciones que se repetían: docentes que aumentaron su carga horaria, tomaron más horas de clase o cursos nuevos: el famoso pluriempleo. Algunxs que sumaron otro trabajo, ya sea algún emprendimiento propio o changas. Y otrxs que abandonaron la profesión para dedicarse a otra cosa porque “les salió algo mejor”.
Ser docente significa poner el cuerpo, la cabeza y la afectividad, una atención plena para trabajar con infancias y adolescencias. A su vez, lleva mucho tiempo de planificación y corrección, tareas que uno debe hacer en su casa. Y todo esto por una remuneración poco justa. Esto no es novedad. Pero con los tiempos que corren se puso peor. Lo sabemos, por ejemplo, con lo que sucede en la Universidad. Una nota de El País de abril de este año titula: “El desplome de los salarios expulsa a los profesores y desangra a la Universidad pública”. Es antiético que sigamos trabajando por migajas o simplemente por vocación. Personas que estudiamos más de cinco años —y lo seguimos haciendo en cientos de capacitaciones, maestrías, cursos, etc.— y que nos dedicamos a la educación de los jóvenes. Resulta tonto aclararlo, ¿no? La situación en las escuelas primarias y secundarias resulta más tormentosa, son ámbitos de conflictividad y cambio permanente, y lxs docentes allí estamos tratando de atajar todos los penales.
Estimo que de esto se trataba la reforma mileista: destruir al Estado por dentro, ir desarmándolo, desfinanciándolo (¿adónde se va la guita?). Lo vemos también en el empleo público. El desfinanciamiento es arrasador, parece que queda dinero solo para los sueldos básicos y eso que muchxs compañerxs se fueron o los echaron, sobre todo los que tenían contratos, cerraron oficinas, secretarías y ministerios.
Una nota de marzo de este año de Página 12 relata un poco la realidad docente: maestras que trabajan doble turno y se pusieron un emprendimiento particular, docentes que hacen de Uber en sus “tiempos libres”, etc. A su vez, analizan el impacto de haber derogado la Ley de Financiamiento Educativo y la eliminación del Fondo Nacional de Incentivo Docente. La nota remata con una reflexión letal: “Se escucha hablar a muchos dirigentes provinciales y nacionales de calidad y excelencia educativa, de evaluaciones. Con estos salarios no se puede hablar de eso”.
¿Cómo pueden seguir hablando de calidad educativa en este contexto? ¿No les parece injusto? ¿Qué espacio queda para la reflexión de la práctica docente en un estado como el actual?
En este marco charlé con algunos colegas que están en ejercicio. Les presenté algunos ejes para que tengan referencia y se explayen como quisieran. Son personas con las cuales comparto la rutina y hablo a diario. Son amigxs. Acá plasmo esa traducción y una lectura que surge a partir de la conversación.
Los ejes principales son: Qué empleos tienen y cuántos y qué tipo de salario perciben; en qué se les va la guita del mes: comida, transporte, servicios, alquiler, ocio, etc.; cuántas horas trabajan fuera de casa y dentro, y cuánto tiempo tienen de ocio, por ello, qué entienden por ocio; si dividen gastos con otros miembros del grupo familiar o no, si ayudan a algún familiar o los ayudan; en qué cambió su economía y su vida durante éstos dos últimos años del gobierno mileista.
J. tiene 33 años, es profe de matemáticas, tiene todas sus horas titulares y algunas suplentes al tope y trabaja en cuatro colegios distintos. Todos sus sueldos son en blanco. Del sueldo fijo mensual relata que se le va el 60% en alquiler y expensas, el 30% en comida y un 10 % en servicios y pagar un gimnasio. Trabaja doce horas por día (a excepción de un solo día que trabaja siete). Su tiempo de ocio es solo los fines de semana y no completo porque dedica seis horas para planificar clases y corregir. Las tareas de limpieza le llevan una hora por día y seis los fines de semana. No divide gastos con nadie ya que vive sola y no recibe ayuda de ningún familiar. No tiene menores a cargo.
J. termina su testimonio con la siguiente cita: “En estos tiempos de Milei perdí totalmente la capacidad de ahorro que antes usaba para irme de vacaciones; perdí la posibilidad de comprar algún electrodoméstico o ropa, y trabajo todo el día”.
M. tiene 35 años, es Licenciada en Biología y docente. Actualmente tiene cuatro trabajos: uno estatal al cual asiste seis horas por día; en un CENS, Bachillerato popular, donde imparte nueve horas cátedra de clase y se reúne con sus colegas para reuniones semanales de tres horas; también tiene un cargo docente de la UNLP en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, donde cumple nueve horas reloj por semana; finalmente trabaja en una escuela de gestión privada como coordinadora de área. En total trabaja 40 horas semanales y, por suerte, dice que ahora no trabaja los fines de semana de forma presencial, pero lo está considerando. Dedica una hora de trabajo doméstico por día que implica limpieza y cocina, y tres o cuatro horas del fin de semana. Vive sola y no comparte gastos con nadie. Aclara que no dedica tiempo de crianza porque no tiene hijes.
De sus sueldos manifiesta que el 30% se le va en el alquiler, otro 30% en comida (dice que el gasto en comida hace dos años era un 20%), un 10% en servicios, otro 10% en transporte y luego un porcentaje en medicamentos y salud mental (ir a terapia). Suma, además, un porcentaje que destina a formación docente (cursos, capacitaciones).
En cuanto a cambios contundentes durante estos dos últimos años, manifiesta: “Hago compras solo los días donde hay descuentos con algunas aplicaciones, tengo que buscar precio constantemente; uso mucho más la tarjeta de crédito que antes no lo hacía, por ejemplo, para pagar servicios o la nafta. No puedo organizar grandes vacaciones, solo escapadas de fin de semana”.
“Tuve que ajustar planes de ocio, no salgo a comer afuera, me junto en casa nomás; y en cuanto a ropa nunca fui de comprarme mucho pero este año directamente no me compré”.
Finalmente, observa que antes compraba algunas cosas en ferias autogestivas o para hacer regalitos, y ahora directamente no lo puede hacer. Solo asiste para apoyar presencialmente, mirar, dar una vuelta, pero no puede comprar nada.
V. tiene 52 años y es Comunicadora Social, egresada de la UNLP. Actualmente, su vida profesional se divide en dos frentes muy exigentes: desempeña funciones en el Ministerio de Infraestructura de la Provincia de Buenos Aires y, en paralelo, ejerce la docencia en siete escuelas secundarias públicas. Diariamente está frente a once cursos y dicta cinco materias diferentes. Dice textualmente: “Es una carga horaria inmensa, pero necesaria para subsistir”. “Llegar a fin de mes es un ejercicio de supervivencia que requiere un esfuerzo cada vez mayor”.
Su economía personal está fragmentada para cubrir lo básico: el sueldo del Ministerio se destina íntegramente a pagar el alquiler, los servicios y sus medicamentos. Con los ingresos de la docencia intenta cubrir el resto: la tarjeta de crédito, el transporte y la comida. Pero también ayuda a su hija, que alquila y tiene un solo sueldo. Además, ayuda a su madre jubilada con sus servicios y las compras mensuales del supermercado. Dice textualmente: “El dinero no circula, simplemente desaparece en necesidades básicas”.
V. cuenta que pasa catorce horas diarias trabajando fuera de casa, a las que suma tres o cuatro más al regresar. Dice: “Incluso los fines de semana la mente no descansa: dedico entre seis y ocho horas a planificar clases, corregir exámenes o diseñar materiales. Si sumamos las tareas domésticas —que al vivir sola recaen únicamente en mí— y la organización de la comida (cocino los fines de semana para toda la semana para evitar el gasto de comprar afuera), el tiempo de ocio es, sencillamente, inexistente. No hay espacio para el deporte ni para el descanso real”.
Manifiesta que estos dos últimos años hubo un quiebre sustancial en su vida: “Dejé de ahorrar, se terminaron las vacaciones y las salidas, e incluso tuve que dejar de comprarme ropa. Todo se volvió restrictivo. Pero lo que más me duele es el costo emocional: tengo una hija viviendo en la costa y hace meses que no puedo visitarla porque el presupuesto no me lo permite. La crisis no solo me quitó el tiempo y el dinero, me quitó la posibilidad de estar con los míos”.
A. tiene 38 años, es biólogo, docente en escuelas secundarias y músico. También realiza trabajos de gestión cultural y barrial.
Su trabajo lo divide en dos: el remunerativo, dar clases en escuelas secundarias y un trabajo en el Estado como integrante de un equipo de educación ambiental, que le sirve para llegar a fin de mes, comer, vestirse, salir y viajar; el no remunerativo, aquel que disfruta pero que no le implica un sueldo: hacer música y ensayar y trabajar en su barrio de forma comunitaria. De su sueldo básico el 40% se va en comida y el 25% en gastos del auto que lo utiliza mucho ya que vive en las afueras de la ciudad. A. manifiesta que ambos trabajos consumen todo su día: arranca a las 7 y termina a las 20 horas. El trabajo remunerativo le lleva de seis a ocho horas diarias, el no remunerativo tres horas diarias y el trabajo doméstico una hora y media por día.
Sobre el tiempo de ocio responde: “¿Qué es el ocio? Si hablamos de estar tirado en el pasto o haciendo algo que no tenga que ver con la rutina creo que le dedico dos horas al día. Con excepción de sábados por la tarde y domingos que intento no planificar actividades y que vayan surgiendo en el mejor de los casos”.
También cuenta que vive con su compañera y que comparten gastos en un pozo común de comida y bebida. Por suerte, tienen casa propia. Ella, a su vez, ayuda económicamente a sus padres.
Sobre estos dos últimos años, manifiesta algunos cambios concretos: “En principio el humor general, porque me veo inserto en una trama social donde todos tenemos nuestros problemas y son compartidos. Creo que dentro de esto se ve mucho lo económico”.
Y respecto a los gastos y la economía cotidiana: “En mi caso, soy bastante austero con los gastos. Con respecto a las salidas, dejé de hacerlo frecuentemente, pero reinventé con juntadas en casas. En cuanto a la vestimenta, empecé a buscar precio en la ropa y eso que me compro poco y nada. Antes ahorraba plata para viajar, ahora muchas veces no puedo juntar y defino en caso de irme de viaje cuánta plata tengo y dónde voy a ir. Con respecto a gastos de la casa (arreglos o modificación) pienso bien el gasto. Por lo general, la mano de obra es mía. Empecé a usar la tarjeta para algunas cosas. Pero en definitiva, cada vez que gasto plata lo pienso dos veces. Volví a comprar en Nini con Milei, hacer compras mayoristas de las cosas que consumo, que había dejado de hacerlo”.
C. es maestra de grado en primaria, tiene dos cargos, lo que significa que trabaja cuatro horas a la mañana en una escuela y cuatro a la tarde en otra. La matutina es una escuela de gestión pública, y la vespertina es de gestión privada. Aclara que dentro de las escuelas está ocho horas diarias, incluyendo una hora al mediodía donde aprovecha para comer y para tener reuniones con las familias de los estudiantes, ya que no podría hacerlas en otro momento. Esto sumaría un total de trabajo presencial de nueve horas diarias. Suma una hora de trabajo en su casa que incluye preparar las clases (aunque las planificaciones anuales ya las tiene organizadas desde el verano), corregir algo o ajustar temas. Menciona especialmente que debe dedicarle tiempo al armado de actividades para estudiantes que tienen adaptación o adecuación pedagógica.
Cuenta que un sueldo entero lo destina a gastos mensuales fijos que son compartidos con su pareja, con el cual conviven y tienen un hijo. Estos gastos incluyen el alquiler de la casa, una niñera para el nene, servicios básicos (internet, luz, gas, agua), y mantenimiento de un vehículo familiar. Aclara que el auto es muy necesario porque sino no llega de una escuela a la otra, por el poco tiempo que tiene entre turno y turno. También menciona otros gastos fijos: la escuela del nene y sus actividades extraescolares como fútbol e inglés. El resto del sueldo lo destina a comida y compras para el hogar.
En cuanto a cambios concretos durante estos dos últimos años, C. menciona que “la economía cambió muchísimo en varios aspectos, como cargar combustible, antes cargaba dos veces al mes, ahora lleno el tanque y me dura una semana”.
“El alquiler nos aumenta cada tres meses pero a mí el sueldo no me aumenta la misma cantidad, es decir que en algún momento el alquiler se me va a ir mucho más de lo que puedo pagar”.
“Mi sueldo dura hasta mitad de mes, después no me queda nada. Tengo que usar la tarjeta de crédito para el supermercado”.
“He tenido que aceptar ayuda de los colegios, me dieron alimentos, porque hay meses que no llego”.
“Antes podía viajar a visitar a mi familia que está a 250 km, hoy en día no lo podemos hacer. Antes viajábamos cada dos o tres meses, ahora lo hacemos una o dos veces al año (y estamos hablando de apenas 250 km)”.
“Antes nos podíamos dar un lujo mensual como salir a comer afuera con mi pareja y mi hijo (algo económico, una cervecería, ni siquiera un restaurante). Hoy en día no lo puedo hacer”.
“Lo que es comprar ropa tiene que ser muy necesario, cuando ya no puedo estar sin zapatillas por ejemplo”. “A mi hijo a veces le tengo que comprar ropa en ferias o usada porque no da el presupuesto”.
C. contó también situaciones y vivencias que escucha de sus estudiantes y familias, relatos que las madres y padres se acercan a compartirle.
Una mamá de la escuela le contó que antes no aceptaba el SAE (servicio alimentario escolar) porque no lo necesitaba y prefería que lo usara otra familia. Ahora tiene que aceptarlo y eso le permite comer parte del mes. Esta mamá es enfermera y le contó que varias noches acuesta a sus hijos con mate cocido y pan. Ella, siendo profesional, relata que esto nunca lo había vivido.
Otra problemática que observa C. en las escuelas es que hay nenes y nenas que necesitan tratamientos diversos (psicopedagogas, fonoaudiólogos, psicólogos por ejemplo), y “la realidad es que los hospitales públicos están totalmente colapsados, no tienen turnos. Y eso se nota en la vida escolar porque las familias no pueden pagar todo eso de forma particular, entonces los nenes y nenas están sin tratamientos”.
“Sucede también que cuando consiguen un turno, quizás en horario de clase, los nenes y nenas faltan a la escuela para aprovechar ese turno que constituye una posibilidad única, ya que si no asisten al turno después no les dan otro”.
En el relato de C. se escucha una diferencia entre un antes más provechoso, donde el sueldo duraba un poco más, podía viajar a ver a su familia más seguido o comprarse ropa. Ahora, no lo puede hacer. Le pregunté cuándo fue ese antes y responde que se refiere al 2023 y parte del 2024.
Con estos testimonios docentes podemos sacar algunas conclusiones, aspectos que se cruzan en los relatos:
Todxs, excepto A., alquilan y el mayor porcentaje de su sueldo se destina a eso.
Todxs manifiestan no haberse podido comprar ropa nueva durante estos dos años.
Han perdido la capacidad de ahorro.
Pueden viajar mucho menos que antes, a excepción de viajes cortos.
Usan más la tarjeta de crédito, incluso para compras diarias.
No pueden disponer de su tiempo con libertad, el trabajo consume casi todo su día. El tiempo de ocio, placer, gustos se acorta. Salir a comer, por ejemplo, es un privilegio. El hecho de sumar horas de trabajo se vuelve dificultoso, porque sino directamente dejarían de tener una vida digna.
¿Cuál es la lógica de todo esto? ¿Vivir para trabajar? ¿Trabajar para vivir? ¿Estar quemados al final del día? ¿Sentir desánimo e infelicidad? ¿Qué horizonte hay?
Lo que me desestabiliza de escuchar estas historias es pensar en las horas eternas de trabajo, el pluriempleo, el agotamiento diario que no solo nos afecta como individuos sino que nos deja en una soledad absoluta y no elegida. Las posibilidades de armar algo colectivo o comunitario se acortan en estos tiempos (a excepción de A. que dedica mucho tiempo a sus tareas barriales y comunitarias pero las toma como parte de su trabajo diario), y eso nos sumerge en un individualismo y una soledad abrumadoras. Este es el sabor amargo que me queda de todo esto: trabajar más para sobrevivir pero acortar el tiempo de calidad, el encuentro con los afectos, el tiempo de disfrute. ¿Nos quieren divididos y alejados? ¿Cansadas y solas? Esta es la batalla que no quiero que perdamos.
Compartir estos testimonios contribuye a conocer lo que sucede en las realidades de los docentes y ver dónde estamos parados después de dos años. En una segunda parte de esta sección traeremos más voces, de más laburantes, porque si algo no pueden quitarnos, todavía, es el derecho a contar.



