Las lecturas de la infancia persisten. Una formación intrínseca, una escalera invisible que va creciendo. Suben por dentro y ramifican. Son varias, no puede ser una sola y son exactas. Podemos releerlas, retomarlas más adelante, pero su efecto primero es imborrable. Hay dos muy precisas que vienen a mi memoria desde el recuerdo y desde el presente: Mafalda y Mi planta de naranja lima.
Por Cami Grippo para Otro Viento
Mafalda
Cambió mi forma de ver el mundo. Comencé a leerla a mis ocho años, en tercer grado de primaria. Mafalda era una nena inteligente, despierta, y consciente. Era crítica y severa con el contexto global: escuchaba la radio y veía el noticiero. Mafalda me hizo ver que el mundo es injusto.
Por esos tiempos descubrí que Papá Noel no existía, y lo hice de un modo mafaldesco. Mi compañera de la escuela, Agus, le había pedido al gordo generoso lo mismo que yo: un camión rosa. Esperábamos ansiosas el regalo que nos llegaría la noche buena. Esa noche se me cumplió el pedido: era un auto gigante, al estilo combi, todo rosa, con muebles y comodidades para que las muñecas viajasen muchas horas. Cuando fui al colegio me encontré con una sorpresa: Agus no había recibido el auto. En su lugar, había recibido ropa. ¿Qué clase de regalo atractivo es ese? Me indigné muchísimo y me dio vergüenza contarle que a mí sí me lo había traído. No entendía nada. Recuerdo que pensé: “cómo puede ser, vamos a la misma escuela y vivimos en el mismo barrio”. Con este argumento fui a mi casa y le dije a mi mamá: “cómo puede ser que a mí me trajo el auto y a ella no, si vivimos cerca”. Mi mamá no disimuló ni un instante y con una sentencia que recuerdo ahora con un dejo de disculpas, dijo: “Es que a vos te lo pudimos comprar…”. Dudé pero entendí, todo tenía una explicación más que racional. Me dio tristeza el mundo entero y sentí mi primera culpa.
Mafalda era muy dura con su madre y la tendencia que tenía de reproducir el estereotipo de la típica mujer ama de casa. Raquel, su mamá, se la pasaba limpiando, cocinando y planchando y más de vez Mafalda la criticaba. Yo la sentía un poco cruel con ella. En ocasiones la hacía reflexionar y la mujer parecía envalentonarse, pero duraba poco y volvía a lo suyo. Mafalda quería ser presidente, alguien importante que pudiera cambiar el mundo.
Mafalda me hizo pensar en la democracia. Recuerdo esa tira donde busca el significado de la palabra en el diccionario y se ríe a carcajadas durante varias viñetas. Decía: “Democracia: gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía”. Mafalda se reía con mucha ironía y yo no entendía mucho en ese momento. Releí la historieta una y otra vez.
Mafalda me emocionó cuando la familia entera pudo viajar por primera vez al sur, en sus primeras vacaciones. Era tanta la ilusión: viajar en tren, ver las montañas nevadas, respirar aire puro. Todo se nubla cuando pasan cerca de una villa y Mafalda ve gente pobre, descalza y sin ropa. De la ilusión al baldazo de agua fría. Así es Mafalda: alegre, sin dejar de mirar hacia el costado. Mafalda me hizo pensar en mi condición social, dónde había nacido, qué cosas podía tener y cuáles no, entender que siempre hay alguien que la pasa peor.
Mafalda construyó mi mundo sensible.
Mi planta de naranja lima
La primera novela que leí. Me la regaló mi mamá cuando yo tenía nueve años. Su objetivo era que leyera mi primera novela y, creo, de algún modo, que me sintiera menos sola. Lo que no supo fue cómo me atravesó.
El libro Mi planta de naranja lima se publicó en 1968, año en que nació mi mamá. Época también donde Brasil atravesaba la dictadura militar. Fue la primera novela que me hizo llorar. Imaginarme a Zezé solo, desamparado y sufriendo, me destrozaba. No veía esperanzas en su vida, no veía la salida. Me hizo pensar en la justicia y la injusticia. Un libro que muestra el dolor de lo injusto.
Una de las primeras escenas que recuerdo es a Zezé buscando un regalo de navidad para su hermano, en una fábrica que donaba juguetes. Llegan tarde y Zezé resuelve arreglando un juguete suyo, para su hermano.
La infancia de Zezé es el germen de América Latina. Zezé hace travesuras, quiere jugar, se manda cagadas y es tierno. Su padre está desempleado y es quien descarga la violencia del contexto sobre su familia. La madre trabaja sin descanso, está agotada y representa el sacrificio materno en tiempos de carencia. La que mantiene el resguardo familiar es Gloria, la hermana mayor, quien representa el cuidado materno.
Zezé es amigo de una planta con la cual dialoga: la planta de naranja lima. En estos encuentros se siente menos solo, expresa sus deseos y habla. Es una forma de mitigar el dolor.
José Mauro de Vasconcelos escribió una historia desgarradora y tierna donde vemos la pérdida de inocencia en manos de una sociedad desigual y violenta. Hay quienes dicen que la propia historia de Vasconcelos está inscrita allí.
Los libros funcionan como antídotos ante la soledad. Abren cabezas y crean mundos. Forman identidades y personalidades. Muestran, gritan y reaccionan.
La infancia está llena de relatos que es necesario volver a habitar



