Cada 17 de agosto en nuestro país se conmemora al Gral. José de San Martín –probablemente el prócer definitivo y de mejor reputación de la historia nacional-, que ese día pero de 1850 daba su último respiro en Francia. Sin embargo, en La Plata esta fecha también tiene otro peso histórico: un 17 de agosto de 1993 fue la última vez que se lo vio con vida a Miguel Bru.
Por Sebastián Bertelli para Otro Viento
Pasaron 33 años, el caso fue a la justicia, tuvo sus acusados y condenados, pero el cuerpo de Miguel no apareció. Se multiplicaron los testimonios y rastrillajes, pero nada. De hecho, la búsqueda más reciente –la número 43- realizada la semana pasada en Abasto no arrojó resultados positivos. Justo López, el último policía condenado, murió en noviembre del 2025 sin revelar dónde estaba el cuerpo. El gobierno de la provincia de Buenos Aires aumentó la recompensa por datos certeros a 10 millones de pesos, pero de momento esa suma no logra quebrar el pacto de silencio.
Del otro lado, Rosa, siempre Rosa. Una mamá –como otras tantas madres- que busca saber dónde está su hijo. Claro que ella no está sola: si bien es la que comanda la Asociación Miguel Bru, cuenta con la alianza con otras organizaciones de derechos humanos, el apoyo de referentes como León Gieco, y el sostén de decenas de amigos y ex compañero de Miguel. Entre estos últimos, nos encontramos y conversamos con Walter Ditrich.
¿Qué sensación te atraviesa cada vez que se habla de Miguel? ¿Esa sensación fue mutando o se mantiene con los años?
Yo creo que en un primer momento me dio mucho más bronca todo. También éramos todos más jóvenes, y ahora soy mucho más grande y las cosas me mueven mucho más desde la emoción: cada vez que hablo con Rosa o con los mejores amigos de Miguel me genera una emoción muy particular porque los años van pasando, y ellos siempre están. Ya pasaron 33 años, y ese nivel de compromiso me emociona.
Cuando lo viví en el momento me generaba bronca, pero hoy me moviliza más lo emocional: el compromiso de la lucha y de sostener la causa.
¿Por qué se habla de que este caso sienta jurisprudencia en la justicia argentina?
El caso de Miguel sienta jurisprudencia porque es el primero en el que se comprueba que hubo un asesinato aun cuando nunca se encontró el cuerpo. De hecho uno de los argumentos del nefasto juez Amilcar Vara –que fue el primero en estar al frente de la causa y cómplice innegable de la policía- era ese: que no estaba el cuerpo.
Pero mediante testimonios y reconstrucciones del hecho se pudo comprobar que Miguel había estado detenido en la Comisaría 9° de La Plata y había sido torturado, y posteriormente asesinado y desaparecido. Incluso lo habían anotado en el libro con su nombre y apellido y al lado la sigla “AA”, que significa Averiguación de Antecedentes, y que es la figura que históricamente utilizó la policía para detener personas. Eso posteriormente lo borraron, pero la pericia caligráfica comprobó que debajo de otro nombre que habían puesto estaba el de Miguel Bru.
Miguel vivía en una casa con varios amigos, y ya habían tenido algunos problemas con la policía, pero sin embargo él es el único que termina detenido. ¿Por qué fue así?
Miguel compartía una casa con un grupo de amigos y que además tenían una banda. Y en esa casa eran hostigados recurrentemente por la policía. Siempre se decía como excusa que la casa era tomada, pero los amigos hablaban más bien de que habían logrado una especie de comodato con el dueño de la propiedad. Yo no tengo muy claro la situación legal de la casa. Sé que ellos vivían y ensayaban ahí.
Aparentemente, por lo que después trascendió, algunos vecinos se habrían quejado por ruidos molestos y esos fueron los orígenes de los primeros allanamientos a la casa. La verdad es que denuncia por ruidos molestos formal no se encontró nunca.
Lo concreto es que sucedieron un par de allanamientos y en el más grave le dieron vuelta toda la casa y les rompieron los instrumentos. A partir de esto, los integrantes de la casa hacen una reunión y deciden en conjunto hacer la denuncia por allanamiento ilegal. El tema es que Miguel decidió él solo ir a hacer la denuncia… Siempre cuando se repasa la historia nos preguntamos qué hubiera pasado si hubiese ido todo el grupo, o varios. Quizás no se hubieran animado a secuestrar a cinco, seis o siete personas.
Después que él radicó la denuncia empezó el hostigamiento bien marcado, de seguirlo, pararlo en la calle, de amenazarlo. Caro –su pareja de ese momento- cuenta que los han parado más de una vez y Miguel se les reía en la cara a los policías porque él había hecho una denuncia que era justa. Esto se pudo comprobar: él fue amenazado cara a cara por policías de la novena, pero nunca levantó la denuncia. Nunca se le cruzo por la cabeza que, más allá del hostigamiento, la policía avanzara más.
Estamos hablando de la policía de Duhalde… ¿Se percibía que podía llegar a pasar algo así?
Se percibía el autoritarismo policial en la calle, las racias de pararte por portación de cara y ese tipo de cosas. Pero yo también, más joven y siendo del interior, no podía creer que la policía lo había desaparecido a Miguel. En las primeras asambleas no lo podía creer y Rosa tampoco. Incluso el papá de Miguel era policía y estaba en ejercicio en otra comisaria de La Plata. Nadie lo podía creer. Los amigos más cercanos fueron los que empezaron a atar cabos y se dieron cuenta que tenía que ser la policía.
Recuerdo que yo tenía un compañero que cursaba conmigo de tarde-noche, que trabajaba en el astillero y había tenido una historia de resistencia durante la dictadura. Tenía otra formación política; y en una de las asambleas me dice: “Fue la cana pibe. ¿En qué país vivís vos nene? ¿Pensas que eso no pasa más?”
La represión de la policía la percibía como algo histórico que ya no pasaba más. Llevábamos diez años de democracia y yo, criado en un contexto del interior de la provincia, pensaba que eso ya había pasado. Cuando caímos que era la policía, la causa empezó a avanzar: empezamos a hablar con gente que la pararon, otros que tenían amigos que fueron llevados por “AA” y adentro los cagaron a palos, pero después los soltaron. Con el tiempo empezamos a ver que había otros casos, no sólo el de Miguel.

Pero si bien había represión, y existían otros casos, no todos lograron tener la trascendencia que tuvo éste…
La particularidad de este caso es que como Miguel estudiaba en la Escuela Superior de Periodismo de La Plata (actual Facultad de Periodismo y Comunicación Social), muchos de sus amigos y compañeros estaban vinculados a los medios, como Cristian Alarcón, periodista muy conocido que ya trabajaba, y que impulsó y pudo lograr instalar en los medios nacionales el caso de Miguel. Eso hizo que el caso cobrara relevancia, y que demostró que la represión ilegal seguía existiendo.
Rosa siempre dijo que se habían llevado a un pibito, lo cagaron a palos, pensando que nadie lo iba a reclamar. Nunca pensaron que atrás de él había un montón de compañeros, de estudiantes y de medios que hicieron del caso de Miguel una causa de militancia y un icono para las víctimas de la violencia institucional. Se dio por esas particulares porque no fue el único caso. De hecho, si uno mira la historia de la Comisaria 9° ve que tiene varios casos en el prontuario.
Imagino igual que no fue fácil romper el cerco mediático de una causa que involucra a las fuerzas del Estado…
Yo creo que hubo mucho mérito en la consigna. En ese momento no había redes, las movilizaciones se hacían con una bandera que se pintó ahí en la facultad y la consigna fue muy sencilla “¿Dónde está Miguel?”. Y eso es algo que trasciende hasta nuestros días porque lo seguimos buscando.
Esa bandera generó un impacto muy grande, porque paso de estar primero en la facultad de periodismo a ir escalando a muchas otras facultades y lugares. El caso se conocía en La Plata por las movilizaciones, pero no había trascendido más allá de la ciudad.
Hubo un cerco mediático principalmente a nivel nacional. La causa recién se federalizó y explotó cuando Cristian Alarcón logró que se publicara un domingo en Página 12. Cristian mandaba crónicas y no tenía respuesta, hasta que un día se tomó el tren y fue hasta la sede del diario en CABA. Ahí lo recibió Horacio Verbitsky y fue que logró publicarlo.
Rosa te cuenta hoy que cuando ella vio la foto de Miguel en Pagina 12 pensó que Miguel iba a ver su imagen e iba a volver. Estaba esa incredulidad todavía de pensar que no podía pasar, que la policía no podía desaparecer pibes en el año 1993.
Una vez que asumieron que había sido la policía la responsable de la desaparición, ¿en qué momento comenzaron a sospechar que quizás ya no se trataba de la búsqueda de un desaparecido, sino de un cuerpo?
Rosa siempre dice que hubo un testimonio muy importante que es el de una prostituta que se llama Celia y le decían “La Negra”. Ella trabajaba en la zona roja de La Plata y tenía un hermano detenido en la novena y el hermano le contó que habían secuestrado a un pibe, que se les había ido de las manos la tortura y lo habían sacado muerto de la comisaria.
Ese rumor empezó a circular en La Plata hasta que llegó a oídos de Rosa y ella les pidió a los amigos de Miguel los grabadores que usábamos en la Facultad, se lo puso en la cartera y salió a caminar en la zona roja, hasta que la encontró a la Negra Celia. Cuando la Negra la ve venir la reconoció. Y le contó y Rosa lo grabó. Te lo cuenta al día de hoy y vuelve a llorar. Ella ahí se dio cuenta que a Miguel lo habían matado. Recién ahí, que ya habían pasado varios años, se tomó real conciencia de lo que había pasado.
Con el tiempo además, los detenidos que estaban en ese momento en la novena se animaron a declarar. Algunos han dicho que ver a Rosa, su lucha y su testimonio los conmovió. Obviamente primero pidieron garantías judiciales porque imagínate que estar detenido y declarar en contra de la policía no es fácil… Ya después del juicio fue inobjetable que lo habían matado porque la cantidad de pruebas fue inocultable.
¿Qué es lo que más tenes presente de Miguel?
Miguel era un personaje muy particular, un loco lindo como dicen en los pueblos. Para mí era un tipo espectacular. Era muy difícil no conocerlo porque en la Escuela Superior de Periodismo de aquella época eran apenas unos 500 estudiantes. La escuela era muy chica, entonces todo el mundo se conocía. Cuando llegabas a ese ambiente era muy difícil que no lo conocieras a Miguel. Primero porque era un tipo que lo conocía todo el mundo, era un tipo muy carismático, y después porque siempre iba con los perros, entrabas a cursar y estaban los perros en la puerta del aula, o entrabas al pasillo y te recibían saltando los perros. Era conocido y amigo de todo el mundo.
No tenía militancia política contrariamente a lo que mucha gente supone. El no militaba en ningún partido. Era más bien de tener posiciones y actitudes ideológicas vinculadas al anarquismo. A él le molestaban mucho las injusticias, y estaba presente en todas las marchas.
Tenía una forma de ser muy histriónica. Tocaba en una banda de punk que se llamaba Chempe 69. Yo tengo recuerdo de haberlos escuchado solo una vez, y sonaban horrible (risas). Miguel cantaba, después los amigos me han dicho que no tenían cantante y medio que Miguel se mando. Rosa dice que una de las veces que lo fue a ver, a Miguel le dio mucha vergüenza porque el lugar estaba lleno, así que cantó de espaldas todo el recital… ¡Fíjate la particularidad del flaco, era un personaje! (risas).

Letra que escribió Miguel Bru
¿Cómo te gustaría que lo recordemos?
Yo creo que Miguel es la lucha contra lo injusto. El seguir el legado de memoria por seguir buscando a Miguel, trasciende su propio nombre. Es un icono de lucha y de resistencia. Es el recuerdo constante de luchar por las causas justas. El flaco hacia eso: cuando un tipo se estaba cagando de frio en la calle le daba la campera más nueva que tenía.
Él no tenía una militancia política en un partido, ni nada, pero veía una injusticia y se rebelaba. Vino la policía, allanó la casa y le rompió todos los instrumentos. Eso era una injusticia: fue y la denunció. Ese es el legado.
Los pibes que siguen diciendo ¿dónde está Miguel? y participando, están haciendo lo mismo. Es el legado que uno pretende cuando sigue con este tipo de mensajes y abrazando esta lucha. La enseñanza de Miguel, que no la buscó, que no la hizo conscientemente, es esa.
Un nombre, una ciudad, una escuela
Un dato que suele pasar desapercibido es que la familia Bru es originaria de Pigüé, una pequeña ciudad ubicada en el sudoeste bonaerense, a poco más de 100 km de Bahía Blanca. El caso de Miguel atravesó profundamente a toda la comunidad, y también desde allí se reclama todavía hoy por justicia.
En este lugar también se celebró recientemente el 15° aniversario de la Escuela de Educación Secundaria N°5, con orientación en comunicación, que lleva por nombre Miguel Bru. Su actual director no es otro que Walter Ditrich, quien además forma parte de la institución desde el principio de los tiempos.

¿Cómo se vivió en Pigüé todo el caso de Miguel?
Es una causa que está muy marcada, como en la ciudad de La Plata, y a mí me llamo muchísimo la atención. Yo soy oriundo de Bordenave, me fui a estudiar a La Plata, viví y trabajé allá cuando me recibí y me vine para Pigüé en 1998. No tenía ni idea que la familia de Miguel era de acá.
En ese momento tampoco estaba desarrollado internet y cuando vine acá a trabajar en periodismo y vi que el caso de Miguel estaba presente, que la gente lo conocía, me sorprendió. Había un semanario acá que sacaba el caso recurrentemente y lo actualizaba y me resultaba raro. Ahí me entere que la familia era de acá y conocí a los tíos y hermanos. De hecho, en la escuela hoy hay un primo hermano de Miguel, que es profesor de educación física: Maxi Bru. Hay una vinculación muy fuerte.
Y la gente de Pigüé lo siguió mucho por la historia familiar de Néstor, el papá que era de acá y Rosa que es de Espartillar, un pueblo muy cercano. Incluso se hicieron marchas, que es algo impensado para un pueblo. La gente siempre participó mucho.
¿Y ahora que pasaron los años, los pibes/as siguen teniendo presente a Miguel? ¿Saben quién es?
Nosotros siempre hacemos un trabajo en la escuela de mantener presente la memoria y cada 17 de agosto, algo se hace y se difunde. Los chicos lo conocen. El trabajo que hacemos en la escuela es el de dar algunas precisiones históricas porque esto paso hace 33 años. Las nuevas generaciones, los chicos que ingresan a la escuela con 12 o 13 años, asocian la desaparición de Miguel con la época de la dictadura. Entonces nosotros hacemos todo un trabajo de docencia de explicar cómo fue el caso y en qué contexto.
Además Rosa sigue viniendo al pueblo y cada vez que viene pasa por la escuela. Se genera un vínculo entre ella y los chicos muy hermoso. Generalmente viene en julio, que es la época del cumpleaños de Miguel, y porque el nombre de la escuela lo pusimos en julio. Siempre está presente.
También existe un mural que está en una de las esquinas principales de Pigüé, es como 7 y 50 en La Plata, donde todos se juntan a festejar los partidos, es la esquina emblemática. Ahí hay un cartel que dice ¿Dónde está Miguel? desde hace muchísimos años. Cuando se cumplieron 30 años, con la escuela lo renovamos porque ya estaba muy viejito y ese cartel sigue estando ahí, y no tiene un grafiti, está intacto. Hace añares que está ahí y nadie lo vandalizó. Lo ve toda la gente de acá todos los días. Es algo que está muy presente.
¿Cuándo se crea la escuela y por qué deciden llamarla Miguel?
En el momento en el que se crea, yo era profesor de la escuela, todavía no era director, y muy contrariamente a lo que la gente de acá piensa, porque siempre estuve muy involucrado con la escuela, no tuve que ver en la elección del nombre.
La escuela se creó en el 2011 como un anexo y cuando formalmente pasa a ser escuela y deja de ser solo anexo, había que elegirle un nombre porque la institución estaba afianzada. Entonces la directora de ese momento, propone que los estudiantes elijan un nombre, que lo propongan ellos. Y la propuesta salió de uno de los chicos que conocía el caso por su familia.
También hubo otras opciones que tenían que ver con la comunicación y que iban en concordancia con la orientación de la escuela: se propuso a Rodolfo Walsh, y también a un periodista local que se llamaba Eliseo Albornoz, que fue asesinado en Pigüé por tener un medio de comunicación durante la década infame.
A mí lo que me propusieron por el conocimiento del caso fue que difundiera el nombre y lo explicara para que los chicos de la comunidad lo supieran. Entonces yo pasé videos, resumí el caso, conté algunas cosas y el resto de los profes hicieron lo mismo con los otros postulantes. Y eso se llevó a votación por los profes, los estudiantes y las familias, el más votado fue el nombre de Miguel, porque las familias tenían el conocimiento del caso, conocían a la familia Bru, la historia…
Creo que también tuvo mucho que ver Rosa que es una fenómena: su personalidad, su forma genera una empatía muy particular. Cuando alguien alguna vez escucha un testimonio de ella es muy difícil que no te pase nada por el cuerpo. Todo eso generó que la gente tuviera empatía con el caso de Miguel y lo votaron por mayoría.
Cuando llegó la resolución del Consejo Federal a la escuela, yo justo iba para una vigilia a La Plata y tuve la fortuna de ir con la copia de esa resolución y mostrársela a Rosa en la Comisaria Novena. Eso fue en el 2014. Fue en julio del 2015 donde se le impone formalmente el nombre de Miguel Bru a la escuela, justo en el día de su cumpleaños.
Todos los años los/as estudiantes de la escuela participan de las vigilias en La Plata, ¿cómo vuelven de esa experiencia?
Ellos te dicen: “Es re flashero esto profe” (risas). No pueden creer que la comisaria este abierta. Y después cuando la ven, la ven tal cual a cómo está en los videos de los años 90, y no pueden creer que este la placa, que se prendan velas, que esté Rosa ahí y que la policía este ahí adentro, y a dos metros tenés una banda que está cantando en contra de la violencia institucional, y los pibes no pueden creer que eso esté pasando.
El año pasado fuimos a llevar un trabajo que habíamos hecho en la escuela a Estela de Carlotto, a la sede de Abuelas. Viajó un grupo reducido de chicos por una cuestión de costos y la invitamos a Rosa porque es muy amiga de Estela y hacía mucho no se veían en persona, y compartió con nosotros. A los pibes la emoción de compartir con Rosa y estar en ese lugar los moviliza un montón. Es una muy linda experiencia.
Vos ya llevas varias vigilias en los hombros, ¿cómo fue el paso de los años en esas vigilias?
Lo que se mantiene es el compromiso, la figura, la historia y la memoria de Miguel. Eso no cambió. La mamá, los amigos de Miguel y la fundación siguen estando como en el primer día. Lo que si me ha pasado es encontrarme con los hijos de compañeros que estudiaron conmigo, y eso es muy emocionante.
También empieza a surgir cierta nostalgia porque ahora vas a la vigilia y Néstor, el papá de Miguel, ya no está, y él siempre era el que con Guille, el hermano de Miguel, hacían los chorizos. Esas cosas de gente que acompañó la lucha siempre y que fue quedando en el camino porque pasaron 33 años.
Pero el compromiso sigue estando, y Rosa va siempre con el mismo ímpetu, las mismas ganas y siempre dijo que esta vigilia se va a seguir haciendo hasta que lo encontremos. El día que lo encontremos no la hacemos más.
¿Cómo te encuentra hoy esta lucha en tu rol como docente y director de una escuela pública?
Todos los que abrazamos esta causa y la venimos siguiendo desde hace tantos años, creo que sentimos la responsabilidad de seguir adelante. Hubo tanta gente durante estos 33 años que luchó tanto por esto, que tenemos que seguir, tenemos que seguir preguntando ¿Dónde está Miguel?, y seguir explicándole a los pibes qué paso y seguir haciendo lo que puedamos.
Siempre digo: ¿qué podemos hacer nosotros 33 años después para encontrar a alguien desaparecido? BUSCARLO. ¿Qué es lo peor que le puede pasar a un torturador y a alguien que desaparece y tortura personas? QUE HAYA ALGUIEN QUE LO SIGA BUSCANDO.



