Escrito por 10:21 Derechos Humanos

Julio López y la pregunta que sigue latente: ¿a qué te podés acostumbrar?

A 20 años de la frase que es mural, bandera y consigna. Esas palabras están ahí para nombrar lo doloroso de que una sociedad se acostumbre a que una persona desaparezca dos veces: una en dictadura y otra en democracia.

Ilustración @cheiliis

La consigna “¿A qué te podés acostumbrar?” surge para interpelar de manera potente y directa. Son esas frases que se vuelven un poco de todes. Cuesta encontrarle el inicio. Quizás surgió en alguna marcha, en el juicio o en algún debate. Pero, sin dudas, el primer gran rastro que encontramos es ese mural en el centro de la ciudad que, año a año, cambia su número y grita por memoria y justicia.

La intervención original se inauguró el 18 de septiembre de 2008. Fue construida por organizaciones estudiantiles como Surcos, Praxis, Mesa de Escrache Popular, Espacio de Memoria y personas independientes. Está en el exedificio de la Facultad de Humanidades, actual edificio Sergio Karakachoff de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), en la esquina de 7 y 48.

Es una pregunta directa. Una interpelación política y artística que desde hace años se mantiene firme. ¿Te podés acostumbrar a que una persona un día esté declarando en un juicio de lesa humanidad y al otro día nadie sepa dónde está? ¿Te podés acostumbrar a que una persona desaparezca en plena democracia? Esa persona que con su testimonio posibilitó la condena de un genocida, esa persona que no desapareció una, sino dos veces.

Sobre las desapariciones de López

Jorge Julio López, obrero y militante peronista, fue secuestrado por primera vez por las fuerzas represivas de la última dictadura militar el 27 de octubre del año 1976. Estuvo en distintos centros clandestinos de detención, como el Pozo de Arana y las comisarías 5ta, 8ta y 9na de la ciudad de La Plata (lo que se conoció como el Circuito Camps). En 1977 fue uno de los secuestrados “blanqueados” por las fuerzas represivas pero tuvo que esperar hasta 1979 para ser liberado.

Por ese entonces, el comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz se desempeñaba como Director de Investigaciones de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA), y era responsable de más de 20 centros clandestinos de detención de la región. Etchecolatz era la mano derecha de Ramón Camps, quien primero fuera el jefe de la policía de Buenos Aires y a partir de 1977 el jefe de la policía federal.

Encaminado ya el proceso democrático en nuestro país, López se presentó como testigo en los Juicios por la Verdad iniciados en el año 1998, pero dado que regían las leyes de obediencia debida y punto final, que solo tenían por objetivo reconstruir la verdad de lo sucedido, no hubo consecuencias penales.

Pero luego, con la reapertura del juzgamiento a los genocidas, López volvió a testimoniar en el año 2006, realizando una declaración que fue clave en la condena a prisión perpetua del represor Miguel Etchecolatz.

Hasta el día de hoy, la causa “López, Jorge Julio, s/ desaparición forzada de personas” no tiene ni un imputado. Tampoco nunca se investigó quiénes visitaban a Etchecolatz en la cárcel ni a otras personas a las que nombra López en su testimonio, según señala Miguel Graziano, autor del libro “En el cielo nos vemos”, que recorre la vida de Julio López.

A 20 años, acá seguimos

Caminar por las calles de La Plata deja en claro algo: a lo que no nos acostumbramos es a que, 20 años después, no tengamos respuestas. Se puede ver en cada pintada vieja con un stencil de la cara de López o en un mural recién realizado en 4 y 44 por Awkache y la Multisectorial La Plata, Berisso y Ensenada.

También está la iniciativa “Ladrillos por López”, de la organización Marabunta. Quienes participan recorren distintos puntos y dejan ladrillos —por el oficio de albañil de López— con su cara, en lugares claves de la historia de su desaparición: su casa, la calle donde lo vieron por última vez o el Salón Dorado del Palacio Municipal, donde iba a escuchar los alegatos finales del histórico juicio contra el genocida Miguel Etchecolatz.

Está también la iniciativa de Pulso Noticias, que recolectó recuerdos, fotos, experiencias y luchas para transformarlas en un sitio de memoria digital.

Y así, por supuesto, podríamos enumerar muchas iniciativas más. Porque si hay algo que nos representa a quienes respondemos a esa pregunta del inicio de la nota con un “a que haya desaparecido Julio López no me voy a acostumbrar jamás”, es que somos un pueblo con memoria. Y las calles, así nos lo dicen y así nos lo seguirán diciendo.

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