“Sous les pavés, la plage!”. «Bajo los adoquines, la playa», rezaba el grito del Mayo del 68, haciendo alusión a encontrar arena bajo los adoquines como un sinónimo de encontrar la libertad. A 50 años del golpe militar en Argentina, un grupo de amigxs resignificó la consigna, quizá bajo los adoquines franceses no había arena de playa, pero en la ciudad de La Plata, en el Meridiano V: “Bajo los adoquines, la memoria”.
“Vamos a hacer una actividad que va a estar buena”, me dijo mi amigo Nacho. Me contó que se trataba de una caminata por el barrio en el marco del 50 aniversario del golpe, situando casas y lugares de donde la dictadura había desaparecido personas. Me entusiasmó de sobremanera el evento.
Venía de días con la emoción a flor de piel, recordando cosas del pasado, sobre todo de los años donde salimos a la calle con los puños en alto convencidxs de que a donde vayan lxs íbamos a ir a buscar. Una melancolía dulce porque también nos veo ahora: las mismas caras soñando con lo mismo, a pesar de tanto palo. Venía melancólica también pensando en los vínculos que supimos construir aquellos años, tan vivos hoy como en aquel entonces, donde empezamos a moldear qué tipo de personas queríamos ser, qué tipo de mundo queríamos habitar.
El encuentro fue el jueves 19, a las 18.30 en 17 y 71, en la Estación Provincial. Salí de casa como quien sale a una primera cita a los 16 años con la persona que más le gusta, sentía en el cuerpo ganas de hacer algo de índole militante, como hacía mucho no lo sentía.
Tras la puerta de casa, mi barrio querido, el barrio que me adoptó hace 5 años, pero que lo frecuento desde hace más de 10. El barrio que a muchxs amigxs lxs vio crecer. Mis declaraciones de amor del último tiempo son a Meridiano V: amo cada esquina, sus adoquines, sus almacenes, y llegar caminando por 17 hasta 71 mirando la estación, mirando esa hermosa estación, escenario de carnavales, folklore de domingo, festivales de bandas, y el encuentro de cada jueves en mi querido bar amigo.
Y ahí está un poco la cosa también, se me juntaba todo, amigos con los que viví y vivo épocas hermosas, el bar que me alivia una pena distinta cada jueves, y el calor del 24 de marzo con el grito en la boca de que lxs 30 mil están presentes ahora y siempre.
Mientras caminaba para allá (salgo de 15, doblo en 68 hasta 17, y agarro ahí derecho a chocarme la estación), veo salir a un hombre de un almacén que me llamó la atención, quizá porque tenía la mirada algo conmovida, vestía una remera blanca impoluta que hacía que resalte más el logo del club de básquet Meridiano V, otra vez el barrio me saca una sonrisa, porque el sentido de pertenencia también es un barrio que se lleva en la pilcha, porque se lleva en el corazón.
Así llegué a destino, contenta, quería conocer más de mi barrio, y de alguna forma honrar a esas personas que lo habitaron antes que yo, y que seguro soñábamos un mundo parecido. Puede ser llamativo que alguien use la palabra “contenta” para hablar de que iba a recorrer lugares donde nos arrebataron tantos sueños, pero la verdad es que el ejercicio de la memoria me pone contenta. Me alivia que en un mundo tan hostil todavía quede esta forma de mirar, estas ganas de mantener activa la lucha de los 30 mil.
El sol bañaba la estación, el grupo era bastante contundente a pesar de ser temprano. Caras conocidas de andar por las movidas platenses, edades variadas y ánimo curioso. Entre esas personas distingo al hombre que me había cruzado en el almacén y vuelvo a sonreír. Empezamos a formar un medio círculo de cara a la estación. En eso se presentan Lucía y Ramón. Lucía es historiadora, militante por los derechos humanos, Ramón es hijo de desaparecidxs, y en el año 2025 recuperó a su hermana Paula, que había sido apropiada en el año 1978.
La invitación es a dejarnos atravesar por el barrio, a que lo recorramos como todos los días, pero con ojos de detectives de la memoria, que nos enteremos quiénes fueron esas personas que se llevaron, que caminaban por los mismos adoquines que estábamos pisando, y a la vez que busquemos en el barrio signos de memoria en las paredes.

El punto de partida fue en la estación y Lucía comenzó por contarnos de su cierre. Ahí estaba histórica y radiante, la línea férrea que conectaba La Plata con el Meridiano V, límite geográfico entre Buenos Aires y La Pampa. Cierro los ojos y me imagino el movimiento que tendría el barrio con la estación en marcha. Lu menciona la calle 17 llena de almacenes. Pienso en las historias de Berisso y de la calle Nueva York que me contaba la abuela Mari. El 2 de julio de 1977, el gobierno dictatorial anuncia en un pizarrón que desde el día 6 de julio la estación cierra sus puertas.
Me pareció que empezar por ahí le daba a ese lugar la entidad que merece. El cierre de la estación como una primera marca de la dictadura en el barrio, sentí que era una forma de personificarla, de pensarla como si ella misma hubiese sentido el dolor de su cierre. A su vez, me pareció que salir de ahí era una forma de abrirla de vuelta y que salga un tren al pasado, un tren con memoria, que traiga al presente a nuestros compañeros y compañeras desaparecidxs. Sentí otra vez ese sabor agridulce, y entendí que ese iba a ser el color del día: por un lado triste y con bronca por la herida que abrieron al inconsciente colectivo, y por otro la satisfacción de sentirse parte de algo más grande, que busca esa memoria, que la quiere mantener encendida pase lo que pase.
Abandonamos la estación para ir al segundo punto, vamos por 16 y doblamos en 70, cuando íbamos en ese andar, Lu menciona que ir en sentido contrario a los autos también tenía un significado, porque de lxs militantes usaban esa técnica para ver si venía un auto y correr o esconderse más fácilmente en caso de una redada.
Llegamos al segundo punto del recorrido, era en el mural de calle 70 casi esquina 16, en el cual se puede ver una abuela abrazando a un nieto, y reza “van 140 abrazos y aún nos faltan”. En ese mural tomó la palabra Ramón, y nos contó parte de su historia. Ramón es hijo de desaparecidos, y en el año 2025 se pudo reencontrar con su hermana Paula, que fue la nieta recuperada número 139.

La sensación era de intimidad. Éramos unas 50 personas en la calle, y así y todo la sensación era íntima, como si los corazones se hubiesen sincronizado un poco para ese andar. Y en este universo de intimidad, Ramón nos compartió una parte de él, nos leyó un poema que le hizo a su hermana Paula antes de que la encuentren. Le hablaba con franqueza, tratando de transmitirle algo que la hiciera volver a él. Lo imaginé escribiendo, lo imaginé imaginando a esa hermana, me pregunté: ¿ ¿cómo se construye la identidad de alguien que no conociste? ¿Cómo recuperamos todo lo que se les arrebató a las víctimas y sus familias? Se me estrujó el pecho, pero entonces lo vi ahí, contando cómo fue su reencuentro, saludando al vecino que pintó el mural, que terminó diciendo: “Aguante la memoria, la verdad y la justicia” El pecho se agrandó en un suspiro de alivio.
Seguimos para calle 15, cada vez que encontrábamos un pañuelo en la pared les dejábamos un poemario en agradecimiento a la casa vecina que decidía manifestarse y decirle al afuera que ahí no se banca al fascismo. Al llegar a calle 69 doblamos hacia 14 y a mitad de cuadra, frenamos en una casita roja. Nos contaron que de ahí se habían llevado secuestrado a Carlos Alberto de la Riva, apodado “Fabiolo”, nos contaron que estudió en la Facultad de Arquitectura, que después fue docente allí y que militaba en el ERP. En noviembre del 74, tenía apenas 30 años, lo secuestró la Triple A de ese mismo domicilio. Su cuerpo fue hallado sin vida a los pocos días y al día de hoy se espera justicia.
Para ir al siguiente punto, que era en la calle 14 y 67, pasamos por la puerta de casa. Vimos el pañuelo en la puerta. Alguno de mis amigxs mencionó que estábamos quienes vivíamos en la casa, tanto yo como mi amigo y concubino Juan, nos acercamos a recibir el poemario. Otra vez la emoción, el barrio, el sentir que somos parte de algo más grande, y otra vez la amistad. Quise mencionar que esa casa fue pasando durante 10 años entre manos amigas, pero no solo amigas, sino con esta idea de que el mundo que queremos habitar es con memoria, verdad y justicia, un mundo que hasta el día de hoy tratamos de construir en conjunto. Ahí estábamos con mis amigxs, compartiendo la memoria del barrio, otra vez el corazón suspirando de alivio.
Seguimos caminando a la esquina de 67, doblamos hacia 14, la esquina por la que paso cada día en bicicleta. Nos detuvimos ahí porque es donde mataron a Carlos Alberto López Mateos, conocido también como el flaco Enrique.
Para contar lo que sucedió en esa esquina, Lucía llamó a alguien del grupo que caminaba entre nosotrxs, era Emiliano Gourria o Mili, como le dicen en el club. Es secretario de Club Meridiano V, ahí estaba con su remera blanca impoluta y el escudo del club. Medio tímido al empezar a hablar, se tomaba las manos y agradeció varias veces que lo hayan llamado para poder contar un poco de la historia de su barrio.
Nos contó que vivió toda su vida a pocas cuadras, y que tiene el recuerdo de aquel diciembre del 76, que faltaba poco para las fiestas, y escucharon tiros. Él tenía 9 años, y recuerda cómo corrieron a la esquina con sus amigos y vieron el cuerpo tendido en el suelo. Un barrio alborotado, nadie sabía del todo qué había pasado. Lo que había pasado fue que al flaco Enrique lo habían matado en un operativo ilegal en la calle. Emiliano recuerda que en ese momento decía: “Mataron a un señor”, y que ahora piensa que tenía 26 años cuando lo mataron, que era un pibe, su vida quedó detenida en la esquina de 14 y 67. Su compañera Isabel Silvia Mabel Valencia, “la gata” o “María” para sus compañeros, fue secuestrada 4 días después. Parió a su hija en cautiverio en el Hospital de Quilmes. El 2 de abril de 1977 tuvo una niña a la que llamó Rosa, información que se supo por las enfermeras que asistieron el parto y que pudieron avisarle a la mamá de Silvia. Las enfermeras también continúan desaparecidas.
En esa esquina de 14 y 67 recordamos al flaco Enrique y a María, a Rosita y a las enfermera que asistieron su nacimiento. Presentes, ahora y siempre.
Para esa altura del recorrido, mi sensación era como si cada compañera y compañero que recordábamos se fuese sumando al lado nuestro, caminando. Otra vez lo agridulce, dolía la ausencia, pero la hacíamos presencia. Nos íbamos abrazando con la mirada, entre estremecimiento y compañerismo. Y de esa forma seguimos camino a 14 entre 65 y 66, la rambla frente al hospital de niños Sor María Ludovica y el Parque Saavedra.
En este punto del recorrido recordamos a Florencia Cecilia Arzeno. Flori. Tenía 22 años y había nacido el 5 de enero de 1955 en Mar del Plata. Algunas fuentes indican que militaba en la Juventud Universitaria Peronista en la Facultad de Humanidades de su ciudad y que hacía trabajo barrial en la Unidad Básica «22 de agosto» del barrio El Martillo. Fue secuestrada el 9 de octubre de 1977 en un operativo de detención ilegal a cargo del Primer Cuerpo del Ejército.
En agosto de 2010, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los restos de Florencia en el Cementerio Municipal de La Plata, pudiendo determinar que habría sido asesinada el 8 de diciembre de 1977 en un operativo de ejecución de cautivos en enfrentamiento fraguado. Su caso aún espera justicia.

Frente al hospital, donde estábamos paradxs, hay un pequeño bloque de cemento con una placa desgastada. Lucía nos invita a que dejemos registro de lo que sucedió en ese lugar. Una compañera dejó escrito: Aquí fue secuestrada Florencia Cecilia Arzeno. Presente.
Del otro lado de la vereda, otra historia de horror esperaba ser nombrada. Una historia que empezaba en Quilmes y terminaba en el Hospital de Niños de la ciudad de La Plata. Una historia que me reafirmó algo que pensé muchas veces: no fueron monstruos, fueron hombres que a conciencia decidieron estar del lado del horror. Que tenían un desprecio total por cualquier sesgo de humanidad. Y esto queda demostrado una vez más en la historia de Emiliano Damian Ginés.
Emiliano había nacido el 6 de noviembre de 1976 en Quilmes. Era hijo de Marta Ester Scotto y Juan Antonio Ginés, ambos militaban en la columna sur de Montoneros. El 14 de octubre de 1977, un operativo a cargo del Primer Cuerpo del Ejército ingresa al domicilio familiar en Almirante Brown, asesinando a María Ester y a Juan Antonio. Emiliano, que padecía síndrome de Down, fue entregado a unos vecinos que lo llevaron al Tribunal de Menores de Lomas de Zamora. Lo enviarobn a Casa Cuna sin intentar localizar a su familia. Allí ingresó como NN aunque la magistratura conocía su identidad. Emiliano falleció el 1° de septiembre de 1978 por falta de atención y cuidados en el Hospital de Niños de La Plata. Su caso aún espera justicia.
Lucía termina de contar la historia de Emiliano y la sensación fue de no tener espacio entre el pecho y la espalda. Un sistema de robo de bebés donde obligaban a parir a las compañeras y entregaban sus hijxs a familias de militares podía tener un costado más cruel aún, el desprecio de la vida de Emiliano por tener una discapacidad. Una vida que para ellos no merecía ni ser robada. Lo abandonaron a que muera. Antes de seguir, Lucía nos recordó que estábamos ahí nombrándolo para marcar bien fuerte la diferencia, mientras que para ellos hay vidas que valen y otras que no, acá queremos pensar un mundo donde todas las vidas valen.
Antes de partir al siguiente punto, recordamos a Arturo Adolfo Urmeneta y la familia Ogando-Montesano. Arturo fue secuestrado el primero de octubre de 1977 en las inmediaciones del Parque Saavedra de La Plata, en un operativo de detención ilegal a cargo del Primer Cuerpo del Ejército. Fue visto en el Centro Clandestino de Detención “Brigada de Investigaciones de La Plata”. Su caso aún espera justicia. Arturo continúa desaparecido.
Jorge Oscar Ogando, también conocido como “Cogo”, tenía 28 años y había nacido el 28 de noviembre de 1947. Trabajaba en el Banco Provincia y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Estaba casado con Stella Maris Montesano, que cursaba el 8vo mes de embarazo, tenía 27 años, era abogada y militaba en el PRT-ERP y tenían una hija llamada Virginia de tres años. El 16 de octubre de 1976 fueron secuestrados en su domicilio en calle 12 nº 1782 entre 68 y 69. La madre de Ogando, Delia Giovanola, fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. Tanto su madre como su hija Virginia, fallecida en agosto de 2011, buscaron con amor y tenacidad a ese niño nacido en cautiverio. En noviembre de 2015, Abuelas de Plaza de Mayo nos convocó a celebrar la restitución de identidad de Martín Ogando Montesano, hijo de Stella Maris y Jorge, siendo así el nieto restituido 118.
En una manzana podemos decir: Florencia Cecilia Arzeno, Emiliano Damian Ginés, Arturo Adolfo Urmeneta, Jorge Oscar Ogando, Stella Maris Montesano PRESENTES. AHORA Y SIEMPRE.
La indicación para el siguiente punto fue ir por la rambla de 66 hacia calle 16 entre 66 y 67. Éramos cada vez más y las personas en la calle se volteaban a ver, intrigadas por esa procesión semanas antes de Semana Santa. Pensé en que tendríamos que resignificar el viacrucis, y hacer recorridos todos los años, ser cientos en las calles por nuestrxs compañeros y compañeras desaparecidxs.
Llegamos a la siguiente parada. Una casa con un frente de rejas y un techito oxidado, parecía un pasillo al fondo. Lucía convoca nuevamente a Emiliano para que dé testimonio del barrio, nos cuenta que lo que sabe es que un día hubo un operativo y que se llevaron detenido a un muchacho, que fue una situación de la que años más tarde hablaban en su grupo de amigos del barrio y que todos lo recordaban, pero nadie sabía quién era. Una vez más pasó algo que me remontó a lo barrial, Emiliano empezó a enumerar en la cuadra con nombres, apellidos y apodos quiénes vivían en aquel entonces en esas casas, algunas hoy en día vueltas edificios, y menciona: “Nos conocíamos entre todos, pero al muchacho que vivía acá nadie lo conocía”.
Mientras Emiliano hablaba, un señor se acercó a preguntar de qué se trataba la actividad, dijo que su suegra de 92 años, que siempre vivió allí, les contó que en la época de la dictadura había pasado algo grande en esa casa, muchos tiros, camiones de policía. De repente, habitar la calle habilitaba esos encuentros que reafirmaban historias. No sabemos quién era el compañero, pero lo trajimos un poco al presente 50 años después.
Quedaban las últimas dos estaciones de este tren que salió de la estación provincial. La próxima parada es sobre la calle 18, casi esquina 67; allí en la voz de su hija Stella Maris, recordamos a Miguel Ángel Soria. Su hija se para en frente del grupo, lleva consigo una remera con la cara y el nombre de su papá. Está parada frente a la casa de donde se lo llevaron mientras ella estaba en lo de su abuela.
Miguel Ángel tenía 25 años, muchos lo conocían como “el Indio” o “Darío”, había nacido en Berisso. Trabajaba como obrero naval en el Astillero Río Santiago, donde era delegado gremial. Estaba casado y tenía una hija de 5 años. El 6 de junio de 1976 volvía del trabajo, Stella Maris nos cuenta que lo esperaba en la puerta de la casa de su abuela en Berisso, porque él pasaba a verla siempre antes de ir a su casa en La Plata.
Ella se acuerda de que lo esperaba con un escobillón en la mano, jugando a hamacarse en el escobillón. Se acuerda de que su papá le había dado plata ese día y le dijo que le compre cigarrillos y lo que ella quiera, “Ahí estaba yo con los 43/70 y una bolsa enorme de golosinas, llegó y me puse a mirar La pantera rosa, mi papá se acostó en la cama de mi abuela”. Cuando la escucho, me parece escuchar su versión de niña, y la escena se me vuelve tan cotidiana. Se me mezcla con mi Berisso, mi abuela, yo mirando dibujitos y mi papá llegando de trabajar. Y no puedo evitar pensar que esa era la última vez que Stella Maris iba a disfrutar de esa cotidianidad familiar con su papá.
Stella Maris recuerda que el abuelo estaba en el almacén que tenían delante y la abuela planchando, cuando escuchó la voz de su abuelo decir “¿Qué quiere la policía acá?”. Relata que nadie sabe cómo se fue su papá, que nadie lo vio pasar. pero de alguna forma salió de la casa. La policía entró, lo buscaban, preguntaban dónde lo escondían. Miguel Ángel se había ido en caballo por la calle 60 a su domicilio en la calle 18 de La Plata, un lugar que alquilaban a un hombre de apellido Sotelo que sería después su entregador.

En marzo de 2011, los restos de Miguel Ángel fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el Cementerio Municipal de General San Martín. Se pudo reconstruir que fue asesinado el 3 de febrero de 1977 y su cuerpo hallado en la intersección de las calles Falucho y Besares en Ciudadela, partido de Tres de Febrero. Su caso aún espera justicia.
Stella Maris lleva con ella una foto en la cual acompaña a su abuela la primera vez que salieron a pedir justicia por su papá. Vuelve a la puerta de donde se lo llevaron 50 años después, expresa que no había podido volver antes, y pudimos acompañarla, para recordar que está presente, ahora y siempre.
Nos queda la última parada, 18 y 67, la ferretería Hijos de Accastello, la ferretería del barrio. Frenamos en la esquina y nos indicaron que la casa que buscábamos era la que estaba pegada a la ferretería donde viven Marta Manchiola y Juan Accastello. En su puerta el mosaico del pañuelo blanco y en el balcón un pañuelo blanco de tela. Tocamos el timbre y abrió la puerta Marta, al abrir, se quedó mirándonos un instante hasta que dijo: “Qué lindo, cuando me invitaron a contar la historia de mi hermana, no pensé que iban a ser tantos”.
Marta nos contó sobre su hermana, Mirta Graciela Manchiola. Nos dijo que trabajaba en vialidad provincial y estudiaba abogacía, y que militaba en JUP. A la tarde del 5 de noviembre de 1976, su hermana le dijo que se tenía que encontrar con su marido Guillermo a las 5 de la tarde. No les podía decir el lugar de encuentro por seguridad. Salió de su casa a tomar el micro a las 18 y 64. Esa fue la última vez que vio a su hermana, que estaba embarazada de 6 meses cuando la secuestraron.
Guillermo Otaño, su marido, fue secuestrado horas después.
Hoy en día, el caso de Mirta es parte de los juicios que forman parte de la causa conocida como Circuito Camps, Blanca Azucena y Ana María Barragán atestiguaron que Mirta estuvo secuestrada junto a ellas en la comisaría 5ta. Siguen buscando a su bebé nacido en cautiverio.

Después de contarnos que su hermana fue secuestrada, Marta relató más detalladamente cómo la recuerda. Dice que cuando le preguntan cómo era su hermana, ella responde que era una persona normal, que tenía una vida normal, pero con un tremendo sentido de la solidaridad. Nos cuenta que cuando eran chiquitas, le proponía juntar juguetes y llevarlos para los niños y niñas del hospital, que quedaba a unas cuadras. Cuenta que cuando estudiaba abogacía en la facultad, ayudaba a sus compañeros indocumentados a hacerse el DNI para que puedan cobrar sus sueldos. Que siempre estaba ayudando a alguien.
¿Alguien quiere preguntar algo?, preguntó Marta sobre el final. Y una compañera pudo formular lo que creo que muchxs estábamos preguntándonos: “Marta, si es posible, ¿tenés algún consejo para darnos vos que no bajas los brazos? ¿Cómo seguimos?”.
Marta hizo una pausa y nos dijo: “Piensen en esos nietos y nietas que nos quedan por encontrar, porque es posible, porque ya encontramos 140 y faltan 300 más, no tenemos que parar hasta que lxs encontremos, ese es mi horizonte”.
Mirta y Guillermo, presentes, ahora y siempre, se escuchó al unísono y nos despedimos agradecidxs y emocionados.
Al terminar el recorrido, nos tomamos un momento para dar un cierre. Tomaron la palabra Lucía, Ramón y Nacho, quienes fueron los grandes artífices de ese encuentro. De esas palabras surgieron preguntas sobre cómo caminar por las calles nos permitió encontrarnos entre nosotros y con las personas del barrio que podían contarnos historias. Hubo algo de la vuelta a lo analógico, del boca en boca, de seguir eligiendo rearmar la historia que nos quisieron arrebatar. Y al final de todo, la arenga: el 24 llenemos la plaza, que estos gorilas nos quieren tristes, pero nosotrxs sabemos bailar la calle. Y así fue.



