Escrito por 21:05 Género

Elogio del riesgo: porque vivir solo cuesta vida

Una piba que conocí en un bar me habló del libro Elogio del riesgo, de una psicoanalista y filósofa francesa. Libro que todavía no leí pero que ya me interpela. Luego, con la muerte del Indio circuló un viejo video donde él hablaba también de esto. Decía que hay que animarse a estar vivo. Parte de vivir es el riesgo de vivir, y no estar tan solo.

Por Cami Grippo para Otro Viento

Me encanta caminar por la calle sin rumbo. Me encanta mirar los balcones, si tienen sillas o plantas; lo que hay tirado en el asfalto, zapatos abandonados y marcos de cuadros perdidos. Más me gusta todavía cuando voy a una marcha, una liturgia popular. Allí pierdo un poco el miedo: me voy a encontrar con otrxs por una misma causa, por motivos que nos reúnen más allá de nuestra existencia.

Los primeros días de este junio fueron movilizantes: el Ni Una Menos y el funeral del Indio Solari. Tuve necesidad de ir al encuentro, de patear la calle, de encontrarme con amigas y amigos, de viajar en tren, la marcha que nos debemos siempre. Hay una fuerza interna y externa en esto que trasciende: ir a un recital, convocar a una marcha, asistir a un funeral del pueblo. Los motivos no son alegres: muertes, femicidios, violencias y despedidas. Sin embargo, siento un halo intenso que me invade.

El riesgo se reduce y a la vez no: somos mujeres, nuestra presencia en el espacio público es diferente. Somos observadas y estamos expuestas. La marcha del Ni Una Menos me otorga protección: muchas de nosotras caminamos juntas. Una fuerza colectiva que derriba cualquier mirada, cualquier peligro. Lo supimos cuando curtimos el encuentro de mujeres y disidencias que se dio acá en nuestra ciudad, en el 2019. Caminamos durante horas, de noche, nos movimos a gusto con una alegría inexplicable. No teníamos miedo. Cobramos una valentía que, junto al calor de las otras, vuelven la calle menos inclemente.

Fuimos al funeral del Indio en tren. Fuimos con nuestros amigos varones. Los vagones se llenaron de cantos a coro y de botellas de plástico llenas de vino. Siempre sentí que el ambiente del rock era más masculino; y no es sólo una percepción sino una vivencia: la presencia y el desborde varonil están a flor de piel. Yo también soy eso, desborde, desmesura, pero también soy mujer.

Durante todo el encuentro me sentí protegida: el calor de la calle concurrida, los abrazos de nuestros amigos, el escudo protector.

Nosotras tenemos un gran problema en la calle: nos hacemos pis bastante seguido (más el mate, más el fernet). Los varones se paran en una esquina y resuelven. Nosotras debemos agacharnos y dejar el culo a la buena de Dios. Buscamos varias estrategias: ir en grupo, hacer carpita, taparnos con alguna prenda. Nos vamos a mojar los pies, seguramente, hacer la famosa sacudida o usar un pañuelito que dejaremos tirado en la vereda (sin hacernos cargo de nuestra parte ecologista).

En la ronda de música ricotera se acaba el fernet. Aprovechamos la misión para resolver este problema. Los varones ya se habían esfumado varias veces detrás de algún árbol, una pared o una camioneta estacionada. Nosotras veníamos postergando desde hacía rato. Caminamos unas cuadras entre grupos de personas que cantan, toman y deambulan sin rumbo fijo. El espacio está tomado por el funeral. Hay gente sentada en las veredas, durmiendo en autos, compartiendo botellas. Todo parece colectivo, menos el momento de hacer pis. Buscamos un rincón oscuro pero no hay. Sí hay mucha luz, movimiento, demasiados ojos. Empezamos a reírnos. Entonces veo un paraguas abierto en el piso. Está abandonado, como si alguien lo hubiera dejado allí para nosotras. Lo levanto y enseguida entendemos su potencial. Funciona perfecto.

El riesgo aumenta un poco. Nos alejamos del grupo de amigos y quedamos solas (solas sin varones, juntas entre nosotras). Caminamos unos metros con nuestro nuevo artefacto de supervivencia. Finalmente, encontramos dos camionetas estacionadas muy cerca una de la otra. Instalamos el paraguas entre ambas y armamos una pequeña fortaleza improvisada. Mientras una hace pis, las otras vigilan. Miramos hacia todos lados. Si algún sujeto se acerca demasiado tenemos un plan de defensa bastante precario pero contundente: espantarlo a paraguazos.

Podría ser el título de una canción tuya: el paraguazo de la piba con la remera de PR. Un chabón se acerca cuando terminamos con el ritual del pis colectivo y nos pide un pucho. No tenemos. Tratamos de seguir, pero nos pregunta si podemos ayudarlo con algo. Lo cortamos en seco: “flaco, andate, no podemos ayudarte”. Se molesta un poco, pero lo ignoramos y seguimos. Volvemos a la ronda amiguera.

Junio cargado doblemente: dos veces junio, dos encuentros, doble riesgo. Me falta mucho riesgo en mi vida. Ponerme en jaque, enfrentar el abismo. El abismo que se abre cuando el tren está a oscuras, cuando alguien te cuenta sus secretos, cuando la cama está vacía, cuando tenes que hacer pis en la calle.

Volvemos en tren, es de noche ya y hace frío. Con el delirio del día se perdieron dos celulares, pero estamos casi intactos. Lamentablemente, la nebulosa mental nos persigue y nos confundimos de ramal. Terminamos en un barrio de nombre irreproducible. Me da temor estar lejos, cansada y en un barrio extraño. Por suerte, estamos juntxs. El riesgo de perdernos me alegra, tendremos una anécdota para contar.

Vivir solo cuesta vida. Claro que sí amigo, tenías razón.

Esto no es una reseña, ni una crónica, ni una nota de opinión, ni un poema, ni un cuento, ni siquiera es un elogio. Es, quizás, una invitación a (a mí misma, primero, a quien lea después): perderse, extrañarse, arriesgarse, moverse, morirse y nacer un poco. Más allá de nuestra propia existencia, en la calle y entre amores.

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