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La forma de no estar – sobre el libro Crac, de Josefina Licitra y la película Valor sentimental, de Joachim Trier.

Por Camila Grippo para Otro Viento

Crac, un ruido seco, algo se quiebra: un hueso, un objeto, un vínculo. Es el sonido de lo irreversible. Se puede pegar, reparar, pero nunca volverá a ser lo mismo.

En el libro Crac (2025) de Josefina Licitra, la autora nos sumerge en su historia personal. Es la historia de la ausencia de su padre, del silencio a la distancia, de la incapacidad de hablar y acercar posiciones. Es la historia de padres ausentes −que son muchos−, pero también de una generación: los jóvenes de los setenta. Un grupo que se vio sumergido en el silencio, en la censura y el exilio. Un joven que partió por ideales y por miedo y que no tembló para regresar; es la aceptación y el no entendimiento de una hija que se siente desprotegida y abandonada (como si fuera una niña, pero ya no lo es). Es la espera eterna.

Un ensayo que refleja la historia de los y las exiliados/as de la última dictadura cívico militar, no tanto en un sentido político o histórico, sino vincular. Un padre joven −apenas de 24 años− que se instala en España y, luego, no puede o no quiere regresar. Un grupo de exiliado/as amigo/as que escapan con sus familias, pero este padre va solo, su esposa e hija, Josefina, se quedan en la Argentina y la madre se rehúsa a abandonar su Patria. Junto con ella, la hija no tiene más opción que quedarse.

Tiene que ver, además, con la escritura, lo que provoca, lo que genera la palabra en el papel, cómo logra abrir grietas, viejas heridas, verdades que estaban silenciadas. Es el poder decir de una mujer que no encuentra otra manera, que ya probó otras, pero la escritura se le da fácil, agua que resbala por un cuerpo herido.

Es una búsqueda. Con la escritura −y la publicación− se puede hacer un llamado. A la distancia, indirectamente −y no tan indirectamente−, en páginas enteras, en renglones amarillos. Es un encuentro, aunque unilateral, sin pedirlo. Josefina publica el libro aun con el rechazo del padre que comunica la molestia respecto a su versión de los hechos. Sin embargo, no la llama, no se acerca. Nos queda la versión de ella, la de una hija que se siente abandonada y que no comprende, todavía, la distancia.

Por otro lado, la película noruega Valor sentimental (2025) de Joachim Trier, nos sumerge en el mundo de una mujer que se reencuentra con su padre en la adultez. Comienza con una escena donde ella, que es actriz de teatro, debe salir al escenario, pero la inunda un episodio de ansiedad que la desborda. Luego reaparece su padre, un conocido director de cine que le propone actuar en su última película. En todo el relato vemos la negativa de la protagonista de responder al llamado paterno. Un padre que se había ausentado, que no sabe acercarse a la intimidad. De esto va el material: padres que no están cómodos en el relato íntimo, con poquísima educación sentimental, sin ternura al menos a simple vista. Sin embargo, el acercamiento que le propone a su hija es contundente: que actúe en una película que escribió especialmente para ella.

Traigo estas dos obras que tratan de lo mismo: la paternidad ausente, asentimental, la no intimidad entre padres e hijas. Me pregunto: ¿Existen las presencias ausentes? ¿Y las ausencias presentes? En torno a los roles de madres y padres: ¿Será que las mujeres han ocupado esos roles de atención permanente y cuidado? ¿Será que las madres, con su cariño sin fin, su amor desmesurado y su atención constante, han tapado el desapego paterno? ¿Será que muchos padres han estado físicamente, pero poco emocionalmente?

Las mujeres que históricamente asumen las tareas de cuidado, y las madres especialmente, contribuyen a facilitar la inserción de los padres/varones en el tejido familiar. No es casual que, en la película noruega, el padre reaparece luego de que la madre de sus hijas muere; y en el libro, Josefina quiere acercarse a su padre una vez que es mayor y que la madre se ha hecho a un costado.

Pienso en estas páginas sobre los roles que se han asignado socialmente tanto a los padres como a las madres, porque soy hija, primero, y parte de esta comunidad, después. Es hora de correrse de los lugares conocidos para hacer otra cosa: si los padres aparecen, las madres pueden descansar. Al fin y al cabo, hablamos de roles fijados, estancos, que no han hecho más que reproducir desigualdades. Un poco de esto va la deconstrucción: de desarmar lo dado, de discutirlo, ponerlo en tensión, de hacer un movimiento diferente.

Estas obras artísticas nos permiten pensar el lugar, precisamente, del arte −de la escritura y el teatro, en estos casos−: el arte como lugar de desahogo, de habilitarse para decir, de no temer, de expresarse, de ocupar un sitio, de supervivencia. Volvemos a lo mismo que he manifestado en otros escritos: transitar un acto creativo como liberación.

Por último, me quedan algunas preguntas: ¿Es posible la reconstrucción? ¿Es posible la reconexión luego de largos períodos de silencio? ¿Se puede reparar algo roto? ¿Pueden unirse los pedazos con pegamento? Creo que todo es posible mientras vivamos, y que las oportunidades hay que darlas ahora. Licitra abre la posibilidad al escribir por y para su padre. En la película, la actriz abre la posibilidad al aceptar el pedido paterno. Sí, se intenta. Y también podemos repensar nuestros roles, ya que nada está escrito en piedra.

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