Por Cami Grippo*
Existe un vasto material literario, gráfico, audiovisual y periodístico sobre la última dictadura cívico-militar argentina. Conocemos, hemos visto, leído y escuchado testimonios, fotografías, relatos, poemas, notas sobre lo que significó ese horrendo período. Sabemos sobre las desapariciones, los métodos de tortura, el robo de bebés e identidad, etc, etc, etc.
Pero hasta no toparme con La llamada, un retrato (2024), el último libro de Leila Guerriero, no había reparado en dos enfoques que a mi me resultaron llamativos. En primer lugar, no solo reconstruye lo que fueron las desapariciones y torturas ejecutadas por los militares, sino que hace foco en un tipo de crimen específico sobre las mujeres detenidas desaparecidas: violaciones sexuales sistemáticas. Algo que quizás no aparece tanto en el discurso público, pero yo de algún modo sabía esto: los cuerpos femeninos usados como botín de guerra. Una expresión entendida por las que decimos ser mujeres.
En segundo lugar, introduce una polémica en torno a quienes sobrevivieron a los centros clandestinos, que tuvieron “la suerte” de salir y quienes no, los/as que siguen desaparecidos/as. Esto de algún modo generó una mirada desconfiada hacia quienes sobrevivieron, algo asociado a la traición a la causa militante.
Leila Guerriero toma estos dos aspectos para indagar un poco más allá de lo ya conocido sobre la dictadura y creo que genera alguna controversia. Todo lo que hace a una buena periodista. Ella observa, registra, toma nota, cuenta y narra. Se coloca como periodista incómoda: los textos y preguntas que hace, los temas que trabaja son incómodos.
En su primer libro, Los suicidas del fin del mundo (2005), investiga una ola de suicidios en Las Heras, Santa Cruz, entre 1997 y 1999. Viaja hasta ahí para ver, hacer preguntas, meterse en lo más oscuro de las familias del pueblo. La mayoría de los suicidas eran pibes y pibas de 20 años. Leila contextualiza de forma pertinente: crisis del 2001, privatización de YPF, el pueblo empieza a perder recursos y fuentes de trabajo. Se corta la ruta 43 y el lugar queda aislado, constituyéndose como un “pueblo fantasma”. A través de entrevistas, recorridos y testimonios, ella muestra a jóvenes sin perspectivas, un entorno marcado por el desempleo, el aislamiento y la falta de un futuro. Más que resolver el enigma, expone un entramado de silencios, prejuicios y mucha soledad.
La llamada, un retrato (2024)
En su último libro se enfoca en el perfil y la vida de Silvia Labayru, ex detenida desaparecida en la ESMA, quien dejó en evidencia las violaciones ejercidas por los militares sobre los cuerpos de las mujeres detenidas. El libro es largo y tiene muchas entrevistas no solo a la protagonista sino a familiares, conocidos y otros sobrevivientes, y también va analizando distintos aspectos de Montoneros y del contexto histórico. Leila analiza cómo acercarse a Silvia pero también distanciarse; crea un vínculo con ella, dialogan, finalmente, como dos amigas. Con la historia de Silvia se reconstruye la importancia de los crímenes sexuales como crímenes en sí mismos y, por otro lado, cómo el perfil de Silvia fue y es polémico para el resto de sobrevivientes.
Historias que no terminan nunca: la vida de Silvia es incómoda y su posición como mujer sobreviviente, también. Leila pone de manifiesto no solo la importancia de entender que los crímenes sexuales tienen su correlato aparte de la tortura y de que no se ejecutaban para todos, sino que había un fuerte peso sobre las mujeres. Pone sobre la mesa, además, un tema incómodo y es la pregunta que se hicieron Silvia y muchos sobrevivientes en el exilio: ¿Por qué sobrevivió?
Con esa pregunta arranca una serie de juzgamiento importante, que le condicionó un poco la vida, al menos la social. En la ESMA Silvia fue amparada por dos militares de alto rango: Astiz y González. González la violaba sistemáticamente, incluso la llevaba a hoteles o a la casa con su esposa. Astiz tenía una especie de devoción, algo idílico, y finalmente la usó para infiltrarse en las Madres de Plaza de Mayo ya que parecían hermanos físicamente. La belleza de Silvia la hacía destacar y generaba atracción, era su escudo protector. Su belleza y juventud, su embarazo incipiente, su posición como hija de un miembro de la fuerza aérea, ¿la salvaron? Quizás todo eso y algo de suerte.
Silvia y las demás detenidas desaparecidas eran una amenaza. La violación y el sexo funcionan como método de disciplinamiento sobre los cuerpos de las mujeres, poder y control a la fuerza. Hay un entramado complejo en analizar todo esto y creo que solo estoy dejando más dudas. Pero seguimos.
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Si bien en el Juicio a las Juntas (1985) los delitos sexuales habían quedado expuestos, fueron comprendidos dentro de la figura de la tortura y no como delitos autónomos. La primera vez que los delitos sexuales tuvieron un tratamiento autónomo en nuestro país fue en una sentencia en Mar del Plata, en el 2010. En el 2021, los exmilitares Jorge Tigre Acosta y Alberto González fueron condenados a 24 y 20 años de cárcel al ser hallados culpables de ejercer violencia sexual contra algunas mujeres que estuvieron secuestradas en la ESMA entre 1977 y 1978. Recordemos: González había sido el violador de Silvia.
Y, por último, recién en el 2024 un fallo judicial reconoció por primera vez a mujeres trans y travestis como víctimas de delitos de lesa humanidad, en el marco de la Causa Brigadas. La fiscalía explicó que las personas trans y travestis eran consideradas enemigas por la dictadura al salirse de las normas sexogenéricas, lo que implicó que sufrieran violencias diferenciales por sus identidades de género. Si bien este tema específico no fue analizado en el libro de Leila, lo comento acá cómo una ampliación de la perspectiva de género en la Justicia y en la Historia. En este sentido también rastree la muestra Ser mujeres en la ESMA que fue inaugurada en el 2019 en el Museo Sitio de Memoria ESMA, y después se convirtió en una exposición itinerante. Con esta iniciativa veo un ejemplo de la inclusión del enfoque de género en las políticas de Memoria sobre el terrorismo de Estado.
Creo en parte que el último libro de Leila ayuda a pensar la Historia con perspectiva de género, y a la Justicia no pudiendo quedar afuera, también, de esos lentes. No quise ni pude aportar nada más para este nuevo 24 de marzo. Esta es una simple lectura, un comentario de un libro muy atrapante y escalofriante, que interviene para que ampliemos la mirada.
* La imagen se corresponde con la la tapa



