La frase que popularizó la serie El Eternauta (2025) permite pensar algunas de las situaciones que atraviesan hoy las escuelas, en el marco de una época hiper tecnologizada −específicamente post pandemia− y de las repercusiones en la vida cotidiana de lxs estudiantes.
Por Camila Grippo para Otro Viento
En la secundaria donde trabajo −escuela de gestión privada, de clase media, en el centro de La Plata− este año se prohibió el uso del celular para lxs estudiantes. Casi sin excepción deben dejar sus teléfonos en una caja cerrada con llave cuando ingresan al cole, y los retiran cuando se van, a veces seis o siete horas después. Tienen la opción de dejarlo en la mochila si no quieren ponerlo en la caja, pero si lo usan en clase sin permiso, pueden ser sancionados.
La decisión se tomó en conjunto, docentes y directivos a comienzos del 2026, ya que el año pasado la situación empezó a desbordarse: estudiantes completamente ajenos de su alrededor, sumidos en veinte pestañas a la vez, distrayéndose de lo que estaba pasando en la escuela y de lo que deberían hacer allí: estudiar, leer, conectar con lxs otrxs, escuchar, hablar, socializar y compartir. A su vez, se sumaron problemáticas más conflictivas como el ciberbullying, acoso, fotografías difundidas por chats sin permiso, situaciones fuera del horario escolar y dentro del mismo, que colapsaron el día a día.
Padres y madres que caían a la escuela porque sus hijxs les habían mandado un Whatsapp y el profe no se había dado cuenta. Docentes perdidos y con la atención múltiple, en modo policías controlando que estuvieran leyendo el material del classroom y no apostando online, teniendo que dividir la atención no sólo en treinta adolescentes sino en treinta teléfonos con sus veinte pestañas. Un caos.
Celebramos la decisión y ya, rápidamente, estamos recogiendo los frutos: estudiantes más tranquilos, con las fotocopias en mano para leer, que no se distraen con facilidad, que tienen atención más plena en el momento presente. Piden visitas a la biblioteca o al laboratorio, piden salir del aula al sol. Estoy trabajando la lectura y la escritura de un modo que, desde la pandemia, no podía abordar. Soy profe de Literatura y la idea de volver al aula taller, a la lectura grupal con el libro, al análisis literario propio sin tener que ir a Google, me entusiasmaba bastante. Siempre trabajé así: aula taller, lectura colectiva, análisis en conjunto. Así pude ver que los pibes y pibas sí leían, sí podían hacer análisis interesantes, sí pensaban. Con la llegada plena del celular esto se fue perdiendo y ya no podía vislumbrar si hablaban por sí mismxs o si todo lo buscaban en la web. Se descontroló y perdió sentido el acto mismo de la enseñanza y el aprendizaje. Empezamos a desmoronarnos y la idea de que nada tenía sentido se coló profundamente.
Esta decisión reciente no fue caprichosa ni tampoco fue anti tecnología. Tuvo que ser la prohibición, pero ¿por qué? Durante los años post pandemia hubo un intento de mediación: de utilizar los teléfonos para fines pedagógicos. Se apeló a la integración y a la buena voluntad de lxs pibxs. No funcionó. No supieron regularse, a pesar de haber acordado eso. No sabían cómo dejar el teléfono, incluso un alumno una vez me dijo: “no puedo, soy adicto”.
A lxs profes nos encantaba la idea de poder trabajar con el celular o la compu (a pesar de que el wi fi de la escuela no es excelente), y de que todxs tuvieran el material al alcance de la mano, ya que no existe ni una persona que no tenga el aparato. Pero no se logró.
Estar en el mundo virtual es algo que los pibes y pibas conocen muy bien: pasan horas frente a la pantalla, la mayor parte del día sino todo el día, excepto cuando practican algún deporte o van a otra actividad que no requiera tecnología. Entonces, ¿por qué la escuela tendría que replicar esa forma? Allí empezamos a pensar en volver a lo viejo: al papel, al libro, a la escucha. A hacer algo distinto a las realidades hipertecnologizadas que conocen, mostrarles otra forma de vivir. Y también poder volver a encantarnos con la tarea docente.
Como adultxs y profes tenemos que enseñarles, ser mediadores respecto a lo tecnológico también, porque tuvimos la suerte de nacer en un mundo sin nada de todo esto, tuvimos que conocerlo e incorporarlo, pero −con mucha suerte y en muchos casos− no se nos volvió una adicción. Pudimos lograr el intermedio, la transición, el poder vivir con las redes sociales, pero también sin ellas. Celebramos entrar al aula y suspender ese mundo virtual, ese torbellino de imágenes que no dejan descansar. Volvemos a respirar, a leer, a escuchar y escribir.
Este trabajo de hormiga es un llamado también para las familias. No puede ser la escuela el único instrumento de regulación constante, porque vemos a los chicos y chicas unas horas y después no sabemos qué pasa. Allí, en el tiempo de la casa y la familia, también debe haber regulación y acompañamiento. Es importante poner reglas y gestionar momentos de juego, de deporte, de club, de baile, de ranchada más allá de las pantallas.
Es muy importante saber, también, qué hacen en los teléfonos. Lo supimos con la serie Adolescence (2025, Inglaterra): padres que creían que su hijo estaba tranquilo en su habitación con su teléfono mientras Jamie se incorporaba a un grupo misógino (la manósfera* para violentar, acosar y terminar matando a una compañera). Sin ir al extremo, pibes y pibas que inventan una identidad virtual que dista mucho de ser lo que son en la vida real, arman vínculos y relaciones allí que pueden también resultar peligrosas. Tiene que haber −no control− sino acompañamiento, presencia y escucha.
La decisión está tomada, pero quitar a la tecnología de las aulas no puede ser una solución final. Queda otro pendiente: cómo convivir con la tecnología en la escuela de manera orgánica y útil. No podemos hacerlo con sobrecarga laboral, salarios mínimos, condiciones educativas paupérrimas, sociedades individualistas y fragmentadas, familias rotas. Por supuesto que no. Lxs docentes nos hemos sentido muy solxs en esta tarea no solo de educar sino de acompañar y estar. Necesitamos del Estado y de políticas públicas que acompañen, que faciliten e integren, que nos hagan la vida más sencilla. Lxs docentes no podemos más, lxs estudiantes no pueden quedarse solxs, las familias colapsan. Estado presente y comunidad tirando para el mismo lado. Ojalá no sean solo utopías.



