Por Sebastián Bertelli para Otro Viento
La historia del movimiento de trabajadores y trabajadoras en nuestro país es vasta y, por momentos, casi inabarcable. Desde los levantamientos obreros en el sur en los albores del S.XX, hasta los métodos piqueteros comenzando el nuevo milenio, pasando además por las cientos de experiencias de cooperativas y fábricas recuperadas, las páginas de todos los tiempos se llenan de ejemplos de lucha, reivindicación y conquista por parte de hombres y mujeres con –a grandes rasgos- un objetivo común: un mundo más justo del que les tocó.
Así como en el medioevo los trovadores iban atravesando bosques y aldeas con sus liras o mandolinas para contar y cantar las historias de valientes caballeros o tenaces navegantes, las canciones de épocas más recientes también forjaron relatos que quedaron impresos para siempre en el inconsciente colectivo. Ejemplo de ello son “El arriero” de Atahualpa Yupanqui, “Homero” de Viejas Locas, o “Gil trabajador” de Hermética.
Sin embargo, algunas obras, ya fuera por el paso del tiempo o el desinterés de la industria musical, fueron olvidadas o no lograron convertirse en hits ni instalarse en los cancioneros populares.
Lo que sigue es un compilado de esas canciones no tan conocidas, pero no menos conmovedoras y poderosas. Una especie de lado B. Para quienes tuvimos nuestra adolescencia dentro de la primera década de los 2000, sería el equivalente a descargar canciones del Ares y luego grabarlas en un CD virgen. Mandale play.
1- El cielo del albañil
La obra está musicalizada por Antonio Tarrago Ros y lleva la poesía de Teresa Parodi, así en ese orden: cuentan que Antonio la llama ella diciéndole que tenía la música, y solo le faltaba la letra. Pero le aclaró que sí tenía la historia: quería que la canción hablase de Carlos Vargas y su compadre Carlos Lalanda.
Vargas y Lalanda venían de Villaguay, Entre Ríos. Como buena parte de los migrantes del interior, se fueron a la gran ciudad en busca de un mejor pasar. Troperos en su ciudad natal, fue el rubro de la construcción en el que se desenvolvieron una vez llegados a la urbe.
Comienza la historia contando que, mientras Vargas andaba por los andamios, llevaba consigo un pequeño equipo reproductor de música donde escuchaba mayormente chamamé. Y, cada tanto, soltaba un sapucay estridente y nostálgico, al mismo tiempo que miraba hacia arriba, como buscando un cielo… pero no ese que estaba sobre su cabeza, sino el de su tierra.
Lalanda dejó este plano ya hace algunos años, y Vargas volvió –ya jubilado- a su amado litoral. Dicen que por las tardes, apoya el acordeón en el regazo, y vuelve a soltar un sapucay, pero esta vez ya no va cargado de nostalgia, porque está en su casa, bajo su cielo.
2- Aldacira
El siguiente track también tiene nombre y apellido: Aldacira Flores, artista tejedora catamarqueña. Está compuesta en música y letra por Nadia Larcher e interpretada por Triángula, un proyecto que lidera ella misma junto a Noelia Recalde y Micaela Vita, tres de las voces más reconocidas del nuevo folclore.
Mientras se desarrolla la canción, en algunos espacios instrumentales, puede escucharse la voz de Aldacira contando cómo heredó el oficio de su madre, y como lo hace también como una suerte de descargo: “cuando estoy triste, o me pasa algo, marco o bordo… porque esto no solo hay que hacerlo, hay que sentirlo”.
La historia de esta artista/artesana recuerda a la de miles de manualistas desperdigados/as por todo el territorio que crean y recrean sus identidades, pero que además escapan a la lógica de reproducir objetos bajo patrones mecánicos. Se encuentran más bien en la búsqueda de lograr un producto genuino y representativo de sus días y paisajes.
3- Blues del estibador
Memphis La Blusera fue la primera banda que llevó el blues a las cocinas. Si bien es verdad que nuestro país fue pionero en el género –principalmente gracias a Manal- lo cierto es que hasta la aparición de la banda liderada por Adrián Otero, el blues seguía desarrollándose en reductos y bares precarios, y sus oyentes limitados al ámbito del rock.
Esta vez no tenemos nombre ni apellido. Hablamos del estibador, una figura por momentos desapercibida pero central en las labores portuarias. La estiba es básicamente la carga y organización de mercaderías, y quienes se encargan de eso en todos los puertos del mundo son justamente los estibadores.
Oficio duro para el cuerpo, y de pagas poco benévolas: “Cuatro, cinco, seis bolsas cargué, sí, cargué… Y cuando pierdo la cuenta, ya no me quedan fuerzas ni para gastar los diez pesos que me dan”, así pasa sus días el estibador, con la espalda rota, silbando un blues y el alma amarrada a los muelles.
4- Canción de amor para Francisca
De las doce canciones que iban a integrar “El fantasma de Canterville”, el álbum que León Gieco estaba preparando en 1976, diez fueron censuradas por la última dictadura previo a la publicación del mismo. Dentro de esa decena, se encontraba la obra que tiene como protagonista a Francisca, una prostituta del barrio San Pedro.
Inspirada en una historia real de su pueblo natal Cañada Rosquin, el relato que construye Gieco gira en torno a una de los trabajos más antiguos y sobre los que más se ha polemizado: el trabajo sexual. El debate entre quienes buscan regular el trabajo sexual y quienes pretenden abolirlo no ha logrado aún encontrar puntos de conciliación.
Aquí sin embargo no parece haber elección: Francisca espera otro trabajo, pero ningún hombre de esos que pasan por su habitación se lo ofrece “porque tienen miedo de quedarse sin ella”. Además nos dibuja una escena que sucede cada lunes: ella con su hija “salen a correr por el monte, los caminos y los campos” con una canastita llena de flores. No parece que tenga ganas de volver a la habitación que está al fondo de su casa.
No obstante (¿paradójicamente tal vez?), esta canción fue entonada por el propio León en una cena a beneficio de AMMAR, el sindicato de mujeres meretrices de Argentinas. Fue en el año 2004, en CABA, y las crónicas aseguran que pocos de los presentes conocían la canción. Sus únicas coristas fueron ellas, las integrantes del sindicato, las trabajadoras sexuales.
5- El vago
A medio camino entre la chacarera y el blues, tendiendo un puente entre los universos –no tan distantes- de Jorge Cafrune y Jimmy Hedrix, aparece esta obra que forma parte del extenso repertorio de Catalinatom, la banda formada en Santa Rosa (La Pampa) que ya cumplió un cuarto de siglo.
La premisa es simple: “si hay guita sos artista, sino te llaman vago”. Juani de Pian, autor de la letra, pone primero el foco en el discurso que solo considera arte a aquella actividad que es económicamente rentable. Si los estadios no están colmados y las reproducciones diarias no suman de a miles, no es arte. Es en el mejor de los casos un hobby.
Segundo, y aquí lo importante, el arte como trabajo, oficio y ejercicio: “no trabajaba en algo convencional, escribía todo el tiempo”. Nuestro protagonista es escritor –poeta quizás- y sabe que con eso de la inspiración no siempre alcanza: lo que hace es sentarse y escribir, caminar y escribir, comer y escribir, escribir y escribir, y seguir escribiendo.
Inspirada y alimentada por Jorge “El Penca” Bustriazo –unos de los poetas pampeanos más prolíficos- la canción termina siendo también toda una declaración de principios: “Si hay libertad y poesía, prefiero ser un vago”.
6- Un festejo sin patrón
Casi como grito de guerra, la canción comienza con el mismo verso que la titula: “¡Un festejo sin patrón!” y repasando algunas de las labores más duras del medio rural: zafreros, vendimiadores, hacheros y tareferos desfilan por los versos compuestos por Juan Saraco, integrante fundador de Duratierra, la banda que, desde una matriz folclórica, juega y se vincula con otras rítmicas y sonoridades.
Es prácticamente imposible no pensar en las miles de experiencias cooperativas que tiene nuestro país, donde miles de trabajadores y trabajadoras se organizan por fuera de las lógicas patronales, distribuyendo de forma más justa la carga horaria y la riqueza. También es inevitable pensar en los cientos de ejemplos de fábricas recuperadas, siendo FaSinPat (ex – Zanón) quizá el más emblemático de ellos.
Como bonus, hay una versión en vivo del año 2014 que cuenta con la intervención del actor Alejandro Awada, disponible en YouTube. En ella, Awada va recitando los versos de “Coplas del compadre Juan Miguel” una canción del uruguayo Alfredo Zitarrosa, que, en tono de presagio, cierra: “Y la suerte del compadre, pa´ su bien ha de cambiar… Cuando canten estas coplas los hombres del arrozal”.
7- Preguntitas sobre Dios
Casi como ensayando un método socrático, en esta obra narrada en primera persona, nuestro personaje va dialogando con su abuelo y su padre, intentando encontrar algunas respuestas. Las preguntas son simples y podría decirse que casi universales: “Abuelo, ¿qué sabes de Dios?”, “Padre, ¿a dónde está Dios”?
Sin embargo, y más allá de su contenido filosófico, las preguntas en verdad sirven como disparadores para pensar las desdichas y soledades de los trabajadores. Yupanqui nombra así a leñadores, mineros y trabajadores rurales, todos ellos con un punto en común: no hay bondades, romanticismo ni épica en el trabajo bajo condiciones de miseria.
Al final, retomando las preguntas iniciales, el cantante ensaya una respuesta: no niega la existencia de Dios pero no lo reconoce como un par, y mucho menos como un protector. Este personaje, nos advierte, “es seguro que almuerza en la mesa del patrón”.



