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Vivir en la Amistad: nuestra decisión

Pensar a lxs amigxs como una posible familia es toda una filosofìa de vida. Implica mucho más que ponerse al día, pasar una linda tarde de sol o salir a bailar para olvidarse un rato de la vorágine laboral. Claro que la amistad también es eso, y es hermoso que lo sea. Pero cuando la amistad se convierte en un refugio cotidiano, en una forma de compartir la vida, aparece algo más profundo: la aceptación de la diferencia, el habitar las rutinas, la construcción cotidiana, la posibilidad de sentir celos, de enojarnos porque alguien no estuvo cuando esperábamos que estuviera, de hablarlo, entendernos, reconciliarnos. Pensar así la amistad es reconocer que también es un vínculo complejo.

Muchas veces escuchamos que algunos grupos de amigxs son “una etapa”, que pertenecen a un momento de la vida y que después cada quien sigue su camino. También se repite la idea de que lxs amigxs de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Esas afirmaciones me despiertan más preguntas que certezas.

¿Por qué no pensar en proyectos de convivencia, de trabajo o de vida junto a nuestras amistades? ¿Por qué cuesta tanto imaginar que la amistad también puede ser un proyecto compartido? Y esa idea de que los vínculos verdaderos necesariamente tienen que ser pocos, ¿no habla más de cómo nos enseñaron a entender el amor que de nuestra verdadera capacidad para construir vínculos?

Quizás quienes eligen hacer de sus amistades una familia no llegan ahí por inercia. No es simplemente que “están” en sus vidas y entonces se mantienen en el asado de los jueves. Es una decisión. Una elección consciente de construir, de sostener y de invertir tiempo y afecto en esos vínculos.Hay algo especialmente fértil en la amistad: no tenemos las mismas amistades para todos nuestros estados, ni somos la misma amiga o el mismo amigo para todas las personas. Hay quienes nos acompañan en la ternura, quienes nos hacen reír hasta llorar, quienes aparecen cuando necesitamos pensar, quienes simplemente saben compartir un silencio, quienes son todo eso junto.

¿Existe un común denominador entre todas esas relaciones? Quizás no. Y tal vez esa sea justamente la riqueza de la amistad: recordarnos que no somos una sola cosa y que vincularse, tanto con quienes se parecen a nosotrxs como con quienes son completamente diferentes, puede hacernos muchísimo bien.
Ahora bien, no todo es un campo de rosas.

A veces en las amistades dejamos pasar situaciones que en otros vínculos no toleraríamos. Nos enojamos pero no decimos nada porque el conflicto se diluye en el grupo. Tomamos distancia durante un tiempo y después volvemos como si nada hubiera pasado. Hay una flexibilidad que puede ser muy saludable, pero también una tendencia a evitar conversaciones difíciles.

Con los duelos sucede algo parecido. Cuando termina una pareja suele haber una tristeza explícita, un cierre, una ruptura reconocida. En cambio, cuando una gran amistad empieza a desgastarse, muchas veces simplemente ocurre. Los encuentros se espacian, aparecen los desencantos, el vínculo se va apagando lentamente y casi nunca encontramos palabras para nombrar esa pérdida. Se habla muy poco de los duelos de la amistad, de todo eso que queda suspendido en lo no dicho. Eso suele suceder porque construimos la amistad desde lugares menos extremos que otros vínculos, y creo que justamente ahí hay una enorme oportunidad.

La amistad se construye desde un ritmo mucho más manso que las relaciones sexoafectivas. No suele estar atravesada por la urgencia, por los mandatos o por la idea de que todo tiene que definirse rápidamente. Tal vez por eso muchas personas pensamos qué lindo sería construir una pareja como construimos una amistad: con esa paciencia, esa confianza y esa capacidad de acompañarnos mientras seguimos siendo personas distintas.

No se trata de idealizar estos vínculos ni de convertirlos en un territorio perfecto donde nadie hiere a nadie. La amistad también tiene sombras. Y además tiene algo que me parece profundamente valioso: una amiga o un amigo muchas veces nos valida, nos sostiene y nos acompaña. Pero muchas veces también son lxs primeros en bajarnos y hacernos notar nuestras faltas, son lxs que nos miran a los ojos y nos preguntan: “¿Qué carajo te pasa?”. Y eso también es una forma de cuidado.

La amistad no viene solo a confirmarnos, viene a introducir una diferencia, a interrumpir el diálogo interminable con nosotrxs mismxs. Los vínculos que más nos transforman son los que nos permiten pensar distinto, salir de nuestros lugares comunes y construir nuevas versiones de quienes somos.
Si estamos dispuestxs a escuchar esos momentos en los que una amistad nos frena un poco el impulso, nos hace notar algo que no estábamos viendo o simplemente nos ofrece otra perspectiva, quizás podamos conocernos mejor.

No puedo negar que soy una enamorada de mis amigxs y de la amistad. Me fascina su versatilidad, quizás porque me recuerda que ninguna persona puede ser todo para otra. Cada amiga y cada amigo despierta una parte distinta de mí.

Estoy convencida de que vivimos en una cultura que nos quiere en pareja, si es heterosexual, mejor todavía, o completamente autosuficientes, capaces de resolverlo todo en soledad. En un mundo profundamente individualista, la amistad propone otra cosa: una manera divertida, a veces caótica, muchas veces solidaria y profundamente política de construir familia.

Y si duele, si hay conflicto poder preguntarnos qué hacemos con esos dolores, si podemos convertirlos en conversación, en reflexión, en aprendizaje. Porque cuando tenemos una red de amigxs, si sabemos cultivarla, dejamos de enfrentar el mundo solamente con nuestras herramientas y nuestro punto de vista. Vamos con un montón de miradas, afectos, experiencias y preguntas que también nos habitan.
Y quizás esa sea una de las formas más hermosas de resistir en tiempos donde todo parece empujarnos hacia la soledad.

Por Maria Carriquiri
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Hay muchas ideas sobre la amistad a lo largo de la historia y la cultura. Aristóteles decía que no se puede vivir sin amigos, es decir, vivir se puede pero hay que ver si será una vida plena o feliz. Derrida escribió un libro entero llamado Políticas de la amistad (1994) donde despliega múltiples ideas: la del Otro Yo, cuánto hay del otro y del yo en un amigo; el concepto de fraternidad que resulta excluyente de otras identidades; la amistad y la enemistad como dos caras de la misma moneda; la amistad como concepto político, democrático y de poder.

Pienso también en personajes literarios: Don Quijote y Sancho, por ejemplo. Sancho al pie del cañón, incondicional, se desdibuja por la locura de Don Quijote, queda sumido ante la impotencia del gran amigo. Sancho responde, está, contiene, resuelve. Don Quijote pide, reclama, hace, deshace.

El Principito: gran libro sobre la construcción de vínculos. El Principito busca amistades para paliar la extrema soledad. Se encuentra con seres muy distintos, que no conoce: otredades. En el capítulo del encuentro con el Zorro, este le pide al Principito que lo domestique. Domesticar, qué palabra compleja. El Zorro dice que significa crear lazos. Habla de ser pacientes, de conocerse con calma, dice “los ritos son necesarios”, por eso le pide que vuelva día a día y también le exige: ahora que están domesticados tienen que pensar en la responsabilidad del vínculo. Finalmente, en la despedida, el Zorro dice que ahora mirará los campos de trigo y pensará en el cabello rubio del Principito. Es decir, la amistad ha cambiado su forma de mirar, lo ha afectado.

Mafalda: la historieta de mi infancia, la que formó gran parte de mis pensamientos. Pienso en Mafalda y Susanita, quizás porque es la amiga que más se opone al modelo de la protagonista. Mafalda es crítica, tiene conciencia social, es inteligente, no desea lo que desean todas las chicas. Susanita es la clara presentación del ideal femenino tradicional del siglo XX, sus únicas ambiciones son casarse y tener hijos. Son opuestas, discuten y se pelean pero siguen siendo amigas.

La amistad es un valor de nuestro tiempo. Como todo aquello que inauguramos como valor creo que se vuelve un tanto idealista. Me interesa ver lo sucio de todo concepto, lo oscuro. Pero con la amistad me cuesta porque parece perfecta: es poliamorosa, es elegida, no es obligatoria, no depende de nada más que del deseo de estar, de encontrarnos. Sin embargo, hay dos seres, tres o cuatro que se están mirando, observando, escuchando, juzgando, preguntando, indagando, que suelen tener criterios parecidos, que suelen compartir más o menos las mismas cosas. Entonces, ¿qué es un amigo, una amiga? Podemos ensayar criterios comunes: quien conoce tu historia, el que siempre está, la que te escucha, el que te hace reír, la que te aconseja, el que no juzga, el que acompaña, la que te completa, quien está siempre, incondicional, desinteresado. ¿Alguien que se parece a uno? Si así fuera solo adoraríamos a quienes se nos parecen, es decir, a nosotros mismos. ¿Qué pasa con quien no se me parece, aquel que me cuestiona, aquella que me enfrenta a un abismo? ¿Existe el desinterés total y la incondicionalidad?

El Feminismo me trajo otra mirada sobre la amistad. Una mirada compañera, la sororidad que antes no mencionábamos, junto a la idea de construir política y derechos con y para otras. Este concepto nos quedó mejor que la fraternidad (frater, hermano) ya que sólo podía concebirse en términos masculinos. Decir sor, hermana, es una decisión. Cuando queremos mucho a una amiga decimos “es como mi hermana”. Y cuando queremos mucho a una hermana decimos “es mi amiga”. Entonces, parecen conceptos semejantes.

¿Cuándo se instaura una amistad? Cuando éramos chicos decíamos “¿Querés ser mi amiga?” y si la respuesta era sí nos poníamos a jugar inmediatamente. Ahora eso debería darse por sí mismo, tiene que fluir, suceder, no se dice con palabras. Alguien me demuestra amistad cuando se interesa por mí, cuando me hace preguntas, cuando quiere ayudarme, cuando lo frecuento. Y cuando esa amistad es masculina podemos decir “solo te quiero como amigo”. ¿El sexo no entra en la amistad? Es extraño pero lo veo muy separado todavía. Y ¿puedo ser amiga de mi pareja? Hay quienes dicen que tendríamos que tener parejas como se tiene amigos: apostar al poliamor, dejar los celos, querer la multiplicidad, no exigir frecuencia. Me encanta este ideal. Hay quienes preguntan, ¿quién te va a cuidar cuando seas vieja si no tenes hijos? No sé, no pienso mucho en la vejez y no sé si tener hijos garantiza eso. Además, no tendría un hijo/a por el hecho de que se haga cargo de mí. El concepto de familia tradicional tambalea cuando elegimos la amistad como filosofía de vida.

Yo termino sufriendo siempre por lo mismo: por amor, por el vínculo con otros. Para mi la amistad no escapa de eso. Me cuesta entender la hostilidad y la tensión como partes de la amistad (las estructuras de Poder de Derrida), sin embargo están porque somos humanos y somos vínculo. ¿Cómo tener una amistad donde no ingresen la sumisión, la hostilidad, la invasión? La amistad ideal debería ser llana, simétrica, democrática. Nietzsche decía que somos un campo de batalla. Whitman escribió: “soy inmenso y contengo multitudes”. En esas multitudes existen miles de Yo que no actúan bien, que no funcionan igual, que lastiman. Cada Yo se comparte con un Otro desde múltiples facetas. Hay una imagen del Feminismo que me hace bien: estamos juntas y nos entendemos. Entendemos el dolor de la otra porque es el mismo. Te entiendo, te comprendo, te acompaño. No ingresan acá la sumisión ni el poder sino la identificación.

¿Cuáles son nuestras políticas de la amistad? Tendríamos que plasmarlas, escribirlas. Estaría bien si hacemos acuerdos como cuando nos ponemos en pareja con alguien, ¿no? Muchas veces no decimos nada, dejamos decantar, aceptamos sin chistar. En esas políticas, ¿qué escribimos? No me parece justa la incondicionalidad, me ha llevado a la rebaja total de mi ser. Tampoco la frecuencia, ¿qué pasa con esa amiga que vive a 700 km y veo una vez al año? ¿O ese amigo que es padre y no tiene tanto tiempo disponible? Pienso en vínculos donde no tenga que pisotear a alguien para domesticarlo ni tampoco disolver mi identidad en pos de afecto. Que podamos convivir en la diferencia y en la distancia necesaria.

Quiero querer a los otros por cómo son y soportarlos tal como me soportan a mi. Ensayar con cada amistad un vínculo diferente que nos amortigüe un poco del peso de la vida. La ilusión de la democracia se hace presente.

La amistad tiene algo infantil y adolescente que me hace querer volver a ella una y otra vez. Vuelvo a jugar, a reírme a carcajadas, a dejar la adultez de lado, aquella que me abruma y rechazo. Juntarme con mis amigos y amigas hace que abandone por un instante el abismo de tomar decisiones. Vivir un momento solo por vivirlo, solo por estar. No hay cálculo, rédito material ni promesas en el medio. Quizás sí la ilusión de encontrarnos siempre porque no puedo ni quiero vivir sin mis amistades. Sería una vida muy amarga.

La amistad como celebración de la democracia, como filosofía de vida, como grito de afectación, como construcción de familia. Militarla es nuestra decisión.

Por Cami Grippo

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