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Una historia. Todas las historias

Por Sebastián Bertelli

Para quienes crecimos en el interior del interior –esos pequeños pueblos que están lejos incluso de las capitales provinciales- siempre fue más difícil participar de los fenómenos masivos. Los partidos en el Monumental, las marchas en Plaza de Mayo o los recitales en Obras o el Luna Park nos tocaba mirarlos por televisión o leer las crónicas en los diarios al día siguiente.

Los Redondos empezaron a cambiar esa tónica: no fueron la primera banda en realizar giras nacionales, pero sí fueron los primeros en hacer que el público se mueva con ellos masivamente. Aquellas almas desangeladas entonces comenzaron a encontrarse: pibes y pibas de las grandes urbes se cruzaban con sus pares de esos pueblitos o pequeñas ciudades.

Parte de la decisión respondió a que la situación en los recitales de CABA y el Conurbano Bonaerense comenzó a volverse insostenible por la violencia sistemática de la policía sobre las huestes ricoteras. La otra parte –elijo creer- estaba vinculada con un sentido más democrático: llevar a esos rincones una fiesta popular de rock, la más grande de la que se tenga registro.

Pero no todos llegamos. A algunos nos tocó comenzar a transitar la adolescencia en la primera década de los 2000, y para ese momento Los Redondos ya habían separado sus caminos. Pudimos sí subirnos al bondi de la etapa solista del Indio, un bondi que por cierto se fue ampliando hasta dimensiones inimaginables –e inmanejables- con el pasar de los años.

Viajamos a Tandil, Junín, Gualeguaychú, Mendoza, Salta, Córdoba y San Luis. Fuimos a escuchar las canciones que nos conmovían y nos conmueven aún, a abrazarnos con nuestras amistades y amores, a bailar por nuestras penas, a sentir que por un par de horas el mundo era un poco menos horrendo. Pusimos nuestra vida al servicio de una banda de rock y eso que parece un sinsentido era –paradójicamente- lo que dotaba de sentido a toda la travesía.

Sin embargo, si tuviera que rastrear el origen personal de todo esto, diría que se remonta a unos 20 años atrás, cuando una tecnología hasta ese momento casi insospechada entraba a formar parte de los que posteriormente seríamos conocidos como millennial: la posibilidad de grabar un CD desde la propia computadora del hogar –para quienes la tuvieran disponible- o al menos conseguirlos por muy bajo costo con algún amigo o conocido, o en alguna feria.

Tres puntos fundamentales para que esto fuera posible: el acceso cada vez más generalizado a internet –ya sea en casa particulares, o en locales privados, conocidos popularmente como “ciber”-, la llegada de plataformas que permitían la descarga de contenido multimedia –como Ares o Emule- y la posibilidad de adquirir en casi cualquier kiosco un CD virgen –usualmente marca Verbatim o TDK-.

Me hice grabar tres CD´s, invertí para ello unos $15, lo cual era una pequeña fortuna para ese entonces. Seleccioné una serie de canciones que en ese momento eran mis favoritas y las distribuí en los tres ejemplares grabados. Era un raconto de todos los discos, porque la escucha conceptual de cada obra en particular vendría un tiempo después.

Fui hasta la librería y compré unos separadores de materias para las carpetas del secundario, pero no los use con ese fin. Tome minuciosamente las medidas de la caja del CD, y recorte con esos parámetros las imágenes de los separadores. Así –con perdón del gran Rocambole- arme mis propias tapas para ese compilado de canciones.

No contento con aquello, comencé a hurgar en blogs y en las incipientes páginas webs todo lo relacionado con Patricio Rey: interpretaciones e historias de las canciones, fechas consagratorias de la banda, los inicios de la cofradía y las distintas formaciones que tuvo el grupo. Comencé a sentirme parte de algo que me trascendía. Nunca voy a olvidarme del Nick Name de MSN de una piba de la que ya no se nada: “Si los ricoteros van al infierno, el paraíso debe estar vacío”.

Me adjudique además una suerte de empresa evangelizadora: a cualquier persona que formara parte de algún círculo mío (el colegio, el club, amigos de amigos) le recomendaba insistentemente que escuche a los redonditos, le decía por qué tenía que hacerlo y le aseguraba una satisfacción y una serie de emociones hasta ese momento inédita.

Peco de autoreferencial, lo sé. Pero también estoy bastante seguro de que mi historia no es tan diferente a la de tantas otras miles de personas. Quizás los caminos no hayan sido los mismos, pero arriesgo casi sin temor a equivocarme que terminamos por arribar al mismo puerto. O más bien, a la misma celebración. A la misma misa. El Indio forma parte íntima de nuestras biografías, por eso hay quienes sentimos que se nos fue un gran amigo, otros lamentan la partida de un padre, y otros un sabio consejero.

Hoy, a poco más de dos décadas de ese chispazo primigenio, otra vez me encuentro en el interior del interior, lejos de la posibilidad de viajar a dar un último adiós. Pero a diferencia de esos primeros años ya no me siento ajeno ni en la necesidad de ser carme en ese ritual. Hace 20 años me subí a un bondi de dimensiones inimaginables que siguió y sigue creciendo. De ese bondi no me baje nunca más. No nos bajamos nunca más.

Graciosos y valientes, desde todos los rincones te saludamos. Buen viaje.

Gracias por todo.

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