A 40 años Oktubre: el disco que hoy sería imposible.
Por Sebastian Bertelli para Otro Viento
El 4 octubre de 1986 Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota lanzaba al mercado su segundo disco, y el que es para buena parte de la crítica especializada, no solo el mejor disco de la banda, sino además uno de los mejores de la música popular argentina. Ese día, hace ya cuatro décadas, llegaba a todas las bateas del país: Oktubre.
A la hora de pensar el disco, este 2026 tiene un condimento particular: es la primera celebración de uno de los mayores estandartes ricoteros en la que no contaremos con la presencia -al menos física- del ya celestial Carlos “Indio” Solari.
Poco se puede decir que no se haya dicho ya sobre -quizás- la obra fundamental de la banda que fuera comandada por la dupla Solari – Beilinson, pero a modo de racconto o lista de almacén he aquí un punteo de algunos de los aspectos sociohistóricos y técnicos que rodean a la producción del álbum, y que son en mayor o menor medida de conocimiento popular:
1- Significó la despedida de prácticamente la mitad de la banda: después de este disco se fueron Juan “Piojo” Ábalos y Willy Crook, baterista y saxofonista respectivamente, reemplazados posteriormente por Walter Sidotti y Sergio Dawi. También decidió alejarse del proyecto el guitarrista Tito Fargo, aunque nadie ocupó su lugar, y Skay quedó como único encargado en el rubro.
2- Es la única referencia explícita en el arte de tapa a la ciudad natal de Los Redondos: La Plata. En el reverso del disco aparece la célebre catedral platense completamente envuelta en llamas.
3- Las características letras del Indio, plagadas de metáforas y trampas literarias, cobran un matiz particularmente oscuro que va narrando y describiendo paisajes bélicos, tiempos distópicos e historias con personajes tétricos y enrevesados. Es imposible disociarlo de la tensión apocalíptica que marcó la llamada Guerra Fría entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética.
4- La guitarra de Skay despliega sonidos inspirados mayormente en el new wave y el post-punk, aunque tampoco deja de hacer guiños constantes al rock y al blues clásico. Todo ello bajo un manto oscuro y de pesadumbre que se entrelazan y amalgaman perfectamente con la poética solariana.
5- Toda la gráfica, al igual que el resto de la obra redonda, estuvo a cargo de Rocambole. Según lo ha mencionado en reiteradas ocasiones, la tapa es una suerte de homenaje a todas las revoluciones, aunque con una referencia especial a la Rusia bolchevique en la tipografía y el propio nombre del disco.
6- El famoso esclavo rompiendo y sosteniendo en alto sus cadenas -y que se plasmó en miles de remeras, tatuajes y banderas- no formó parte del lanzamiento del álbum. Rocambole lo creó para un aviso de un diario en el que se publicitaba los recitales de presentación. Posteriormente se incluyó a este personaje en la reedición de 1996.
7- Contiene la canción que, con el tiempo, desataría “el pogo más grande del mundo”. El track número 7 lo ocupa “Jijiji”.
Hasta aquí lo dicho: no hay demasiado que agregar que no se haya publicado ya respecto a la coyuntura histórica, las especificaciones técnicas de producción o el análisis semántico de las letras del disco. Sin embargo, sí resulta interesante desarrollar un aspecto por el que hoy este álbum sería poco menos que irrealizable: las introducciones de las canciones.
Empecemos por un dato objetivo: la duración total de la obra es de aproximadamente 41 minutos, desplegados todos ellos en un total de 9 canciones. La extensión, si se tiene en cuenta la época y la cantidad de tracks, es relativamente corta. Sobre todo porque la capacidad de almacenamiento para un CD en esos años estaba entre los 74 y los 80 minutos.
Pero lo particular de las canciones -más allá de su rítmica, sonoridad y poética- es el largo de las introducciones, es decir el tiempo que pasa desde que comienza la parte instrumental hasta que hace su aparición la voz principal. En promedio, todas tienen una duración de 51 segundos, algo que para los estándares actuales es inadmisible.
¿Qué pasa hoy con las introducciones de las canciones? Podríamos decir que son una especie en extinción: la industria musical requiere generar engagement -retención, enganche, interacción- lo más rápido posible porque sabe que esa conexión por más profunda que pueda ser, la mayor parte de las veces termina por ser efímera. En esa ecuación, los perjudicados son los inicios instrumentales. En el fast food de la música no hay tiempo para ir creando climas, ni atmósferas, ni nada que se le parezca.
Hasta principios de este milenio, las introducciones duraban alrededor de 20 segundos. Hoy ese tiempo se redujo a apenas 5. Incluso hay una tendencia dentro del mainstream a que las canciones comiencen directamente por el estribillo -que suele ser la parte principal- para capturar la atención del oyente.
Y este factor corre para cualquier tipo de contenido en redes sociales y plataformas digitales, desde reels, shorts e historias hasta álbumes o singles, tienen un punto en común bajo la tiranía del segundero: todos esos contenidos están medidos por el porcentaje de omisión o el skip rate. Esta fórmula es la que le indica al algoritmo si el contenido generado es atractivo o no.
Cada plataforma tiene un tiempo predeterminado que señala si aquello que se reproduce amerita seguir siendo mostrado. En el caso de Spotify, la media son 30 segundos: si antes de ese tiempo el usuario saltea la canción, el sitio no solo no le paga al artista sino que además lo interpreta como una falta de interés y lo visibiliza cada vez menos. Es decir que el virtuosismo o la belleza de una obra queda supeditada a la cantidad de atención que pueda dedicarle cada oyente.
¿Qué hubiese pasado si Fuegos de Oktubre o Música para pastillas hubiesen sido creadas bajo estos parámetros? Probablemente no existirían, o al menos no existirían como las conocemos: hasta que comienza a cantar Solari, las introducciones duran 1:15 y 1:03 minutos respectivamente.
Hay solo dos de los tracks que tienen una apertura por debajo de los 30 segundos: Jijiji que ostenta unos “escasos” 23 segundos, seguida muy de cerca por Ya nadie va a escuchar tu remera, que se queda en 28. El resto de las canciones oscila entre los 36 y los 48 segundos por introducción.
¿Qué habría sido de obras como Oktubre, Artaud o La grasa de las Capitales si todas hubiesen estado medidas y creadas bajo los estándares binarios de tiempo-atención? No lo sabemos claro. La pregunta es contrafáctica. No tenemos ideas certeras de qué hubiese ocurrido. Pero me permito arriesgar una respuesta: habríamos saltado la mayor parte de las introducciones y no tendrían la trascendencia que -paradójicamente- el tiempo les dio.
Quizás entonces, lejos de la nostalgia y la frustración, una forma de regresar a Oktubre y rescatar su aura revolucionaria sea romper el algoritmo y bucear en el entramado de discos, libros y películas, que aún se producen hoy de manera genuina e independiente, prevaleciendo por sobre la inmediatez continua que suele dominar nuestros consumos. Después de todo, como decía uno de los primeros ricoteros, nada te ata a leer la novedad.
Si llegaste hasta acá, y no te salteaste los primeros párrafos ni pulsaste “omitir intro”, me permito arriesgar otra suposición: seguramente estés escuchando Oktubre por enésima vez, y además te hayas embarcado en la aventura siempre satisfactoria de seguir descubriendo nuevos artistas, esos que están por debajo del radar, y que no temen hacer largas, hermosas, y también muchas veces necesarias introducciones.



