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Reivindicación de la Magia Latinoamericana

La casa de los espíritus llegó a la pantalla en formato serie. El libro de Isabel Allende, autora chilena, relata la historia de vida de la familia Trueba a lo largo de cuatro generaciones desde inicios del siglo XX hasta los años 70. El libro habla de vínculos familiares, amorosos, políticos y del realismo mágico.

Por María Carriquiri para Otro Viento.

Cuando tenía 17 años leí La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Lo leí porque estaba en mi casa, sería de mi mamá. Lo leí porque era verano y el patio en Los Talas siempre pedía lecturas. Le pregunté a mi mamá sí era lindo. Me dijo que lo leyera, que me iba a gustar porque había magia y política.
Este año, veinte años después de ese verano, salió una serie basada en la historia del libro. Me acordaba de que “había magia”, como dijo mi mamá. Me acordaba de que había historia, pero no tenía claros los vínculos ni la trama general. La serie me gustó, pero sobre todo me hizo pensar en el realismo mágico. Qué género increíble, qué cosa tan de acá.

Cuando la vi, sentí el realismo mágico latinoamericano latir en mi pecho. Me di cuenta de que lo extrañaba. Hoy en día soy lectora de Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Selva Almada, Camila Sosa Villada, Gabriela Cabezón Cámara, entre otras autoras (hoy prefiero autoras antes que varones cis, espero se ofendan), y les agradezco enormemente mantener vivas muchas cosas de esa historia literaria de Nuestramérica, cada una con sus particularidades. Porque mantener viva la mezcla de magia y realidad que tiene nuestro sur me parece fundamental.

Cuando vi la serie me dio alegría ver esa magia, ver cómo es parte de la trama de la vida, no algo extraño ni algo a lo que temer. El vínculo de Clara con la naturaleza, con sus muertxs, con sus vivxs. Una casa en donde tener su sala de espiritismo como quien dice que va a tener su nueva cocina. A su vez, me gustó la representación del latifundio, las miradas campesinas, las penas de nosotrxs y las vaquitas ajenas.

No es mi intención hacer una reseña de los hechos de la serie ni de si es lo suficientemente fiel o no al libro. Tampoco renombrar temas de feminismo, dictadura y las venas abiertas de América Latina (aunque siempre es bienvenido), sino más bien volver a pensar la tradición mágica en América Latina. Volver a insistir en lo esotérico, en lo legendario, porque también esas son las historias de nuestra tierra. Porque acá lo mágico no entra en el plano de la fantasía, sino que se mezcla con la vida. Acá tenemos curanderas, santos populares, muertos presentes, sueños, presagios y rituales que son parte de nuestros días sin necesidad de explicación racional.

Hoy quiero reivindicar este género literario porque refleja lo que somos y lo mantiene vivo. Me parece admirable la tarea del arte que intenta plasmar lo propio de una región. En la nuestra, un arte que, en forma de libros, pintura y música, nos refleja en el rostro que no todo es tangible, visible y exacto. Que también está lo sutil, lo metafísico, lo inabarcable del ser, lo intransferible de los sentires. Mientras muchas tradiciones filosóficas buscaron separar razón, mundo sensible y mundo espiritual, en América Latina los sentamos a cenar en la misma mesa (y no quisiera perderme esa charla de sobremesa).

Si uso la palabra reivindicación es porque quiero exigir la magia como derecho regional. Creo en mi derecho, como latinoamericana, de vivir ensalzada en la magia. Quiero que le recemos al Gauchito Antonio Gil y a La Sarita, que llevemos flores a las aguas para regalarle a Iemanjá, que tengamos la creencia propia y que escuchemos y respetemos las ajenas. Quiero envolverme en mitos urbanos y rurales. Los malos existen y quiero sentirme protegida por algo que me trascienda. Quiero mis cartas de Tarot, quiero mirar las estrellas y la luna. Quiero encontrar figuras en las manchas de humedad. Quiero tomar brebajes heredados para curar el cuerpo y el alma. Quiero elevar a nuevos santos, Maximiliano y Darío, protectores de quienes luchan. Quiero sentir que lo cotidiano se vuelve mágico. Por eso nos arengó: mi querida Latinoamérica, oh, juremos con magia vivir.

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